EL MISTERIO DE LOS ICONOS

 Los iconos nos vienen de Oriente: de Bizancio o de su imperio. La iconografía bizantina es un arte sagrado basado no sólo en criterios estéticos, sino sobre todo, místicos. Los iconos orientales no son meras imágenes pintadas o esculpidas para fomentar la piedad popular o para adornar la casa. Son verdaderos objetos de culto, una presencia invisible, pero real, a quien invocar y ante la que podemos orar.

 

¿QUÉ REPRESENTA ICONO DE LA VIRGEN DEL PERPETUO SOCORRO?

Es un icono representativo de la Theotokos, de la Madre de Dios con su Hijo, ya crecido, en brazos. Según el papel que ejerce la Virgen en la salvación de los hombres, se suele distinguir tres categorías de iconos marianos:

  •  La Virgen que enseña el camino: ‘Hodigitria’.
  • La Virgen de la ternura: ‘Eleusa’.
  • La Virgen de la Pasión: ‘Strastnaia’.

 

¿Quién no percibe a simple vista en nuestro icono del Perpetuo Socorro este triple mensaje?

Nos muestra el camino hacia Dios, porque María franquea la puerta al Verbo para que se haga hombre entre los hombres y realice nuestra redención y abre así a toda la humanidad la puerta de acceso a la plenitud de vida en Dios. Su mano derecha señala a Jesús a quien hemos de seguir.

 Es Madre de ternura, porque su rostro y sus ojos, aunque marcados por cierta gravedad, más que tristeza, derraman bondad y ternura maternales.

 Es sobre todo Virgen de la Pasión por la escena que representa: la visión de su Hijo niño, que se asusta ante los instrumentos de la Pasión que le presentan los arcángeles Miguel y Gabriel, mientras Ella amorosamente lo protege entre sus brazos. Los ángeles como ‘portadores de trofeos’ conectan con el sentido glorioso de la Pasión.

 Esta gran riqueza de contenido, convierte a nuestro icono en un pequeño tratado de Mariología, capaz de colmar tanto las exigencias de un teólogo como el sentimiento popular del pueblo sencillo.

LA HISTORIA

 Asomémonos ahora a la breve historia de esta fuente de bondades y ternura que es nuestro icono del Perpetuo Socorro.

 El primer documento histórico sitúa a nuestra Virgen repartiendo milagros a finales del siglo XV en la iglesia romana de San Mateo. Consta que el icono había sido robado de otra iglesia de Creta por un mercader, que en su viaje a Roma, fue librado de un inminente naufragio, al invocar al icono que llevaba escondido entre sus mercancías. Este ‘piadoso’ ladrón tuvo remordimientos a la hora de su muerte y reveló el secreto al amigo romano que lo atendía, con el ruego entre lágrimas de que lo diera para recibir culto en un templo.

 El romano, por complacer a su mujer, desoyó la última voluntad del mercader y las repetidas amonestaciones que la Virgen le hizo por medio de visiones. “Como no me has querido creer –le dijo al fin la Virgen–, es necesario que tú salgas primero para que yo pueda encontrar un lugar más digno”. Murió el empecinado romano, pero aun así no se doblegó la voluntad de la viuda.

 Fueron necesarios avisos serios en apariciones a su hija de seis años; en ellos la Virgen revela su nombre: “Santa María del Perpetuo Socorro os requiere para que la saquéis de vuestra casa”. Y también el lugar en que quiere ser venerada: “Entre Santa María la Mayor y San Juan de Letrán, en una iglesia dedicada al apóstol San Mateo”. La niña comunicó el mensaje de la Virgen a su madre. Avisó por fin la viuda a los agustinos encargados del culto de aquella iglesia, quienes organizaron el solemne traslado de la imagen. Hubo una gran asistencia de clero y del pueblo fiel. Ese mismo día la Virgen realizó el milagro de curar a un paralítico que se encomendó a Ella.

 Y allí fue colocada el 27 de marzo de 1499, fecha que inicia la etapa romana de la historia milagrosa del icono.

 Era el año 1863. Dos años más tarde el Superior general de los redentoristas, P. Mauron, presentaba al Papa Pío IX la solicitud del Icono para la nueva iglesia. El Papa, gran devoto de la Virgen, accedió benévolamente a sus deseos y le dijo en la audiencia: “Dadla a conocer a todo el mundo”. Mandato que están cumpliendo en las cinco partes del mundo, los pregoneros de la Virgen, que son los redentoristas.

 Era el 6 de abril de 1866. Una entusiasta procesión acompaña a la Imagen en su traslado y reposición en la iglesia de San Alfonso. La historia nos conserva varios milagros realizados por la Virgen a su paso por las calles de Roma. La prensa local comenta el acontecimiento y se organizan solemnísimos cultos en su honor, con la iglesia siempre rebosante de fieles. Pocos días después de su restauración, el mismo Papa Pío IX viene a venerar la Imagen que él mismo había otorgado a los redentoristas. Y cuentan que al contemplarla, exclamó emocionado: “Pero, ¡qué hermosa es, qué hermosa es!”.

 El 23 de junio de 1867, a petición de los redentoristas y de sus numerosísimos devotos, la Virgen del Perpetuo Socorro es coronada canónicamente. La razón fue muy sencilla: porque reunía como ninguna las condiciones para tal honor: el culto antiquísimo de más de tres siglos y su fama de ser muy milagrosa.

DESCRIPCIÓN DEL ICONO

 La imagen o icono original del Perpetuo Socorro está pintado al temple sobre madera. Mide 53 cm. de alto por 41,5 cm. de ancho. Sobre un fondo de oro destacan cuatro figuras. En el centro, llenándolo todo como protagonistas, la Virgen y el Niño; y en un lejano segundo plano, los dos arcángeles Miguel y Rafael con los instrumentos de la Pasión. Según costumbre oriental, cada personaje está identificado por una inscripción griega en abreviatura.

 La Virgen se nos muestra sólo de medio cuerpo y en actitud de pie. Viste túnica de color rojo abrochada en el cuello y un manto azul marino que la cubre desde la cabeza. Bajo el manto apunta una cofia verde mar, que recoge y oculta sus cabellos. Tiene sobre la frente dos estrellas. Las coronas de oro y pedrería del Niño y de la Madre son regalos del Capítulo Vaticano para su coronación.

 El Niño Jesús descansa sobre el brazo izquierdo de su Madre y se agarra con ambas manecitas a la mano derecha de la Virgen, buscando protección, al contemplar los instrumentos de la Pasión que le aguarda. Su figura es de cuerpo entero, vestido con túnica verde, ceñida con faja roja y de su hombro derecho cuelga un manto de color rojizo marrón. Tiene entrecruzadas las piernas y lleva los pies calzados con simples sandalias, con la peculiaridad que la del pie derecho queda suelta y colgando. Todo es simbolismo.

 Los instrumentos que presenta San Gabriel son la cruz griega de doble travesaño y cuatro clavos. San Miguel, la lanza y la esponja. Ambos arcángeles ocultan sus manos que sostienen un pomo con los símbolos de la Pasión. Los abundantes pliegues y sombreados de las vestiduras van profusamente marcados en oro.

 Con estos sencillos elementos y símbolos el inspirado artista bizantino consiguió plasmar en este bellísimo Icono su fe y devoción y legarnos un objeto para el culto y devoción, rico en contenido teológico, como veremos a continuación.

LAS ABREVIATURAS GRIEGAS QUE HAY ESCRITAS SOBRE EL ICONO SIGNIFICAN:

 – MP OY [Meter Theou]: Madre de Dios (en los ángulos superiores del Icono)

– O AP M [O Arjanguelos Mijael]: el Arcángel Miguel (sobre el arcángel que está a la izquierda del quien mira).

– O AP G [O Arjanguelos Gabriel]: el Arcángel Gabriel (sobre el arcángel que está a la derecha del que mira).

– IC XC [Iesus Jristos]: Jesucristo (a la derecha de la cabeza de Jesús Niño).

ORACIÓN A NUESTRA MADRE DEL PERPETUO SOCORRO

 Oh Santísima Virgen María, que para inspirarnos una confianza sin límites has querido tomar el dulcísimo nombre de Madre del Perpetuo Socorro: yo te suplico me socorras en todo tiempo y en todo lugar: en mis tentaciones, después de mis caídas, en mis dificultades en todas las miserias de la vida y sobre todo en el trance de la muerte.

 Concédeme, Oh Amorosísima Madre, el pensamiento y la costumbre de recurrir siempre a ti, porque estoy cierto que si soy fiel en invocarte, tú serás fiel en socorrerme. Dame pues esta gracia de las gracias, de invocarte sin cesar con la confianza de un hijo, a fin de que por la virtud de esta súplica constante obtenga tu Perpetuo Socorro y la perseverancia final.

 Bendíceme, Oh tierna y cariñosa Madre y ruega por mí ahora y en la hora de mi muerte. Amén.