SAN GERARDO MAYELA

Nacimiento e infancia

Gerardo nace en Muro Lucano ( Potenza, reino de Nápoles), el 23 de abril de 1726. Hijo de Domingo, sastre y agricultor, y de Benita, y tiene tres hermanas.

Ya a los cinco años, ante la Virgen de Capotiñano, ve al Niño Jesús jugar con él, y le regala unos panecillos blancos que Gerardo da a su madre.

A los siete años tiene gran deseo de comulgar, y será el arcángel san Miguel, y luego el mismo Jesús de los que tomará su primera y segunda comunión, hasta que a los diez años la recibe “oficialmente”, permitiéndole recibirla dos veces por semana.

Con ocho años, lo encontramos en el campo de excursión, adorando una cruz de ramas iluminada con un Jesusito dándole el panecillo. También va a peregrinar a Marte Domini.

Hasta los doce años, cuando muere su padre, estará en la escuela, pero luego se tiene que encargar de la familia y entra como aprendiz de sastre con M. Pannuto, cultivando la paciencia, sacrificio y caridad.

Adolescencia y juventud

Con 14 años es confirmado por Albini.

Se marcha como criado del duro obispo Albini de Lacedonia, estará tres años.

Es el momento de su primer milagro que le empieza a dar fama de santidad: el pozo de Gerardito. Gerardo tras habérsele caído la llave del palacio en un pozo, ató un niño Jesús a una soga, y lo lanzó al pozo. El niño subió con la llave.

Su deseo de estar cerca de Jesús le lleva a optar por la vida religiosa. Lo intenta con los capuchinos, ya que un tío suyo era provincial, pero por su mala salud para asumir la regla, no lo quieren.

Gerardo a pesar de su debilidad, vive despojado de bienes terrenos, buscando su enriquecimiento de bienes celestiales, mediante el recogimiento, oración y la devoción a María con el rezo del rosario, o contemplaciones, llegando a desposarse ente mucha gente en una procesión mediante un anillo, que aún hoy lleva la Virgen.

Vida religiosa

Con 23 años y movido por la llamada de Dios, pide al P. Cáfaro, misionero redentorista en su pueblo, que lo llevara con ellos. Todo son largas, hasta el punto que su madre lo encierra en su habitación para que no se marche. Es la salida por la ventana con unas sábanas. “No piensen en mí; Voy a hacerme santo” dejó escrito, y con su vida él mismo se encargará de que estas palabras fuesen años después una realidad.

Insiste a los misioneros, va con ellos a Rionero, y lo enviaran a Deliceto con la siguiente nota: “os mando otro hermano, que será inútil para el trabajo; Mas dadas su insistencia y su reputación de joven virtuosos en al ciudad de Muro, no he podido deshacerme de él”.

Será muy querido por todos, ejemplo para hermanos y sacerdotes. Pasa largas horas ante el sagrario orando, en la iglesia hasta se disciplinaba, cantaba o dormía. Oye que Jesús le dice: “loquillo, loquillo”, a lo que responde: “Más loco eres Tú, que estás ahí encerrado por mi amor”.

En el retiro para la toma de hábitos escribe: “Dios te ha sacado del mundo, Gerardo, cual nuevo Adán, en este paraíso de la Congregación, con le solo objeto de que practiques los preceptos y consejos del santo Evangelio, encarnados en la regla”.

Etapa del Noviciado

Como novicio, asume los trabajos más humildes (huerta y cuadras) y emplea duras disciplinas diarias, que su confesor P. Cáfaro, le prohíbe por obediencia.

En la oración la ternura lo eleva a la perfección mística.

Tras meses de prueba, se le nombra sacristán. El orden, la pulcritud y limpieza destacan en él, con el fin de pasar largos ratos ante el sagrario: “¡Jesús mío!, Déjame que tengo mucho que hacer”. Esta pasión por la eucaristía, en el día del Córpus o en el monumento del Jueves Santo, le hace que consiga una artística custodia para la exposición del Santísimo.

Ante un cuadro de María, tiene un arrebatamiento y en éxtasis, se acerca hasta el rostro de la Virgen y la besa. También venera, como san Alfonso, la Inmaculada Concepción, cuando no era dogma de fe, mediante el voto de defender tal privilegio mariano con el rezo de las tres “Aves Marías”.

Su estilo de vida, desde el trabajo como sacristán, en la ropería, como enfermero… en todo atento a los demás, incluso dormía en el suelo para que los invitados durmiesen en su cama. Ya tiene fama de santo, e intercede ante un enfermo grave de pulmón, quien queda curado: “Confía en Dios”.

En 1752, a los 26 años, realiza el “segundo noviciado”, renovando las penitencias y disciplinas. El 16 de julio profesa, haciendo votos de pobreza, castidad, obediencia, perseverancia y un voto privado de buscar en sus acciones lo más perfecto y agradable a Dios.

Su intensa actividad, y su celo apostólico volcado en los más abandonados, le irán consumiendo con gran velocidad, viviendo sólo tres años como religioso antes de morir.

 

Misionero y santo

Estos tres años 1752-1755, van a estar marcados por la entrega de Gerardo a la gente sencilla del pueblo y a la comunidad. Todo ello envuelto en penurias, calumnias y humillaciones. También son años de acciones prodigiosas.

Es mandado a implorar caridad, ante las penurias del convento de Deliceto. Pasando haciendo milagros por Melfi, Corato, Muro, Foggia, Ripacándida, Calitri…

En muchas de esas ciudades interviene como consejero de comunidades de religiosas, como las Dominicas de Corato (la ventana), o las Benedictinas. También da aliento a sor María Celeste, a quien escribe cartas espirituales.

En 1753 dará misión en Corato, recibiendo orden mental de regresar un martes de Pascua. Su regreso a Deliceto volverá a estar lleno de milagros y prodigios.

Visitará Mater Dómini en Caposele, y en la fiesta del Santísimo Redentor renueva votos en Melfi, donde cuidará del P. Esteban Ligorio y otros, y ante un canto de san Alfonso, “y deseo ver a Dios”, entró en éxtasis.

También visitará con diez estudiantes, el santuario de san Miguel en Gágano y la Virgen de Foggia ( el sermón estático de san Alfonso), el dinero que disponían era escasísimo. Pese a ello compra flores para el Santísimo. Entra en éxtasis nuevamente ante la Virgen coronada. Visita el Cristo esculpido de Froia, que lo mandó hacer el tío de san Alfonso, el obispo de Cavalieri.

Estamos en 1754, Gerardo cuenta con 28 años. Su cercanía con los enfermos de Lacedonia, su ayuda a la conversión y su expulsión de demonios, siguen siendo la tónica en su vida.

Pero Gerardo ha de pasar su noche oscura. En su regreso a Deliceto, pasa la Semana Santa en Foggia. En ese tiempo, san Alfonso recibe una carta de Nerea Caggiano, en la que acusa a Gerardo de “falta vergonzosa contra la virtud angélica”, acusación agravada por el confesor de ésta Benigno Benaventura. Gerardo había ayudado a ésta exmonja con una dote de 200 ducados para entrar en el convento, pero salió.

Alfonso traslada a Gerardo a Ciorani, en Pagani se verán ambos, pero Gerardo calla ante las acusaciones por el voto que hizo en el noviciado de no excusarse jamás. Alfonso le prohíbe la comunión y acercarse a los seglares.

Ante tal disgusto, Gerardo entra en crisis. Busca la presencia de Dios en todo, contemplando flores y estrellas, por sus deseos de estar cerca de Jesús.

Vuelve a entrar en éxtasis ante la lectura del P.Caione, de la Vocación religiosa de san Alfonso.

Con el P. Margotte, pasa por Nápoles, y Pagani, podrá comulgar los domingos. Nerea confiesa su mentira a Alfonso, y Gerardo le responde así: “Oh Padre, ¿no prohíbe la santa Regla excusarse y, por el contrario no manda aceptar en silencio las mortificaciones que vengan de los Superiores?”

Ante sus “alborotos”, Alfonso lo envía a Caposele, a Mater Dómini con el P. Caione. Trabaja de portero, y daba limosna a todos los que se acercaban,( “estos pobrecitos son Jesucristo visible” ) confiando en la Providencia, e incluso multiplicando las provisiones del convento. Incluso entra en éxtasis ante sus pobres, con el ciego flautista “en Ti mi Dios, ansío tu querer”.

No solo da alimento al cuerpo, también edifica y da aliento espiritual, consejos, acercando a la gente a la Penitencia y la Eucaristía.

El final de su vida

Los prodigios y milagros se multiplican, llegando incluso a curar por obediencia.

Va de misión a Calitri, vuelve a Caposele, y se hará cargo de las obras del convento, como maestro de obras, destacando su gran laboriosidad. Sufren escasez de fondos, Gerardo se acerca al Sagrario con rogatorias, súplicas y plegarias, al instante aparecen dos sacos de monedas en portería, el apoyo del arzobispo y del banco de la providencia.

Durante la recogida de fondos, comienza la enfermedad de la tuberculosis: “moriré tísico y desamparado pro todos”.

Continúan sus prodigios, en san Gregorio sufre una hemorragia, en Buccino se le repite, y en Oliveto escribe al Superior, informando de su salud, donde permanece hasta ver si se recupera. Curará al hermano del cura y al “cura blasfemo”, y la vuelta del pajarillo del sobrino.

La enfermedad avanza, los vómitos de sangre son comunes y pide ir a Caposele: “mirad hacia Caposele, un lienzo blanco ondeará al viento, será la señal, en el punto que desaparezca, habré pasado a mejor vida”.

El 31 de agosto llega a Mater Dómini muy enfermo, en la puerta de su cuarto puede leerse:

“AQUÍ SE CUMPLE LA VOLUNTAD DE DIOS, COMO DIOS QUIERA Y POR EL TIEMPO QUE A DIOS LE PLAZCA”.

El 5 de septiembre se recupera por obediencia del P. Fiocchi. Pero el 4 de octubre ve muy próxima la hora de la muerte y le dice al P. Santorelli: “ya llegó la hora; no hay remedio, dentro de unos días moriré”. El sufrimiento y la agonía se agravan: “todo lo he hecho por amor de Dios, por eso muero tranquilo”.

El 15 de octubre pide ser encomendado a santa Teresa y comulga del viático: “hoy es recreo por ser la fiesta de santa Teresa, mañana también lo será porque moriré yo”. Finalmente se arrodilla en la cama ante María, y entra en éxtasis. Junto a él estaba el Hermano Javier de Auria.

Muere a las 12 de la noche del 15 al 16 de octubre del 1755, contando 29 años, y 5 de religioso.

Tras su muerte

El P. Buonamano, ante la comunidad, saca sangre a Gerardo, que sale líquida, para hacer reliquias. Las campanas de Mater Dómini replican a gloria, los sacerdotes, religiosos, ricos y pobres, se acercan al difunto, llevándose trozos de su pelo o del hábito, hasta el punto de tener que colocar guardias. Estará expuesto durante dos días para su veneración. Le vuelven a sacar sangre, que está fresca, y recogen su sudor, de lo cual fue levantada acta notarial.

Canonización

San Alfonso quiso introducir su causa en Roma, como un nuevo san Pascual Bailón, por su inocencia, mortificación y amor a la Eucaristía. Incluso recogió material para la biografía, y reparte estampas y reliquias de Gerardo.

El P. Tannoia, al curarse por intercesión de Gerardo, hace voto de escribir su vida. Recogerá algunos manuscritos del P. Caione y del P. Rizzi, el cual por escrúpulos no pudo finalizar la biografía. Tambien escribira el P. Landi.

Tras canonizar a Alfonso en 1839, se abrirá el proceso de información para Gerardo en 1843, hasta el rey de Nápoles Fernando II participa en tal proceso.

En 1856, abren su tumba, y de su cráneo se ven brotar gotas de rocío o aceite perfumado, hasta llenar una jofaina, sucede ante el obispo Consenti, y levantan acta.

En 1874, Pio IX declara la heroicidad de virtudes, tras declaración de milagros, el 29 de marzo de 1893, el Papa León XIII lo hace Beato, y dice de él: “Un ángel que vivía entre los hombres”. Durante estos días se recogieron más de 50 milagros.

Finalmente el 11 de diciembre de 1904 es canonizado por el Papa Pio X, poniéndolo como modelo para la esperanza y consuelo de las madres que van a dar a luz, también intercede por los niños de primera comunión, y de las almas llamadas al estado religioso.