DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

 Pbro. Leiner Castaño, C.Ss.R.

26 DE JULIO DE 2020: Ciclo A

 Mt 13, 44-52

 

El tesoro es el Reino de Dios

En estos domingos la liturgia nos presenta al evangelio de Mateo y su discurso parabólico[1]. Jesús habla del Reino de Dios en parábolas, para hacerse entender de la gente humilde y sencilla que lo escuchaba y seguía.

Hay preguntas que plantea el Evangelio: toda la predicación de Jesús, su proyecto: ¿realmente valen la pena? Para responder esta pregunta Jesús habla de las parábolas del tesoro en el campo y de la perla preciosa, ellas tienen unos elementos comunes: se descubre un tesoro y una perla, se reúnen diferentes dineros para hacer la compra del elemento precioso. Como cuando queremos adquirir algo, necesitamos reunir diferentes dineros: un certificado de depósito a término, vender un carro, una casa, dólares o euros que tengamos debajo del colchón, etcétera. El objetivo es comprar el objeto deseado.

En el texto de Mateo, el que encuentra el tesoro en el campo tiene “suerte”, le llega un golpe de gracia y en consecuencia es como si diera un brinco de alegría y felicidad por esta ganga. El comerciante tiene como oficio buscar perlas preciosas y dentro de su trabajo encuentra una de gran valor; en la reacción es más frío. Ambos compran: el primero, el campo con el tesoro, el segundo, la perla preciosa.

Mateo se está dirigiendo a una comunidad en crisis que se pregunta si seguir a Jesús y sus enseñanzas tiene un sentido. Usando las palabras propias del mundo del negocio, las personas se preguntaron si lo que “compraron”, ¿era real o “chiviado”? usando una expresión popular. Unos encontraron el mensaje sin mucho esfuerzo, como un golpe de gracia, otros lo buscaron con ahínco; un grupo u otro tuvieron que renunciar a muchas cosas para meterse en el mundo de Jesús y su propuesta del Reino.

Jesús, en el texto evangélico, llama a la esperanza, a la ilusión y pide que cada quien haga un examen de conciencia. Y esto es bien actual para nosotros que hemos sido bautizados de pequeños y que a pesar de todas las bendiciones recibidas del Señor continuamente nos tenemos que preguntar: ¿la fe cristiana sigue siendo un tesoro o es una especie de carga u objeto antiguo que llevo, sin que signifique para mí un verdadero valor que me siga apasionando o encarretando? Parece que hoy, como ayer, la respuesta la tiene cada uno pues con su vida debe demostrar a los demás que ese tesoro de Jesucristo, la fe en Él, la práctica religiosa, tienen un valor inmenso, vital, capaz de centrar toda la atención de la persona que posee ese tesoro, esa perla preciosa que se llama: Reino de Dios. Estas dos parábolas parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

Puede darse el caso de personas que tengan el bien incalculable del cual estamos hablando, pero que no le den ningún valor. ¿Qué pasará con estas personas? Para responder a este interrogante, Mateo habla de una red que es lanzada al mar y coge pescados de buena y de mala calidad. ¿Estará haciendo referencia a la comunidad local o a toda la humanidad? De sobra sabemos que hay fallas y perfecciones en las personas, en las comunidades y en la humanidad. Pero la respuesta encaja mejor con la comunidad de Mateo: hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. Es gente que ha perdido las bases y lo fundamental o esencial del ser cristiano. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura: «a los malos los echarán al horno encendido».

El mismo Mateo en otra parábola que no escuchamos hoy, y que está en el capítulo veinticinco, habla no de horno encendido sino de fuego eterno. ¿Quiénes son arrojados al fuego eterno? Aquellos que no dieron de comer al hambriento, de beber al sediento, aquellos que no visitaron al preso, al enfermo y que no atendieron al extranjero; ellos perdieron el fundamento de su fe que es el amor y la caridad y el servicio a los demás.

En síntesis: aceptar el Reino de Dios, el mensaje de Jesús avalado por sus hechos y su obra, es un tesoro lo hayamos recibido por un golpe de suerte o por una búsqueda incesante. Ahora bien, aceptar el Reino es vivir en el amor con el otro y si no se hace esto, se ha perdido el rumbo. Seríamos como la sal que no tiene sabor, usando la expresión del mismo Mateo[2].

Nos queda otra parábola, conclusión de las siete parábolas de Mateo. Jesús compara al discípulo con el dueño de casa o padre de familia que usa cosas viejas y nuevas. Por un lado, no puede comenzar desde cero, tiene que partir del pasado, de lo antiguo, pero tampoco puede hacer de su casa un museo; su hogar necesita renovarse continuamente y esto es ciertamente más importante. El cristiano sabe que parte de Jesucristo como salvador y redentor, anunciado por los profetas, esperanza de Israel. Él ha venido a hacer todo nuevo con su mensaje de perdón, bondad y misericordia, enseñando a amar a fondo. Él habla de una manera sencilla porque es sensible a la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de los pobres que lo rodean. El seguidor de Jesús cuenta con el Espíritu Santo para vivir y anunciar el mensaje, siempre de una manera creativa.

En medio de la adversidad en que nos encontramos, a causa del “covid 19”, no perdamos ese tesoro que es Jesucristo y su Reino para el cual debemos trabajar todos los días con creatividad, sin perder las bases de su mensaje, que se centra fundamentalmente en el amor.

[1] https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/12002-parabolas-para-tiempo-de-crisis-final.html. Este es el texto que sigo, de la autoría de José Luis Sicre. La redacción es mía y también fue pensada para el comentario de Notas Humanas y Divinas de este día, 26 de julio de 2020.

[2] Como lo dice el mismo evangelista en Mt 5, 13.