CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

22 de marzo de 2020

Ciclo A

Pbro. Leiner de Jesús Castaño García, C.Ss.R.

En el mundo oriental con frecuencia se habla de los personajes iluminados, ellos han seguido un proceso espiritual muy intenso, practican la meditación diaria bien extensa, se visten de una manera especial, también se les da el título de “maestros” o “iluminados”.  La mayoría de los seres humanos no nos consideramos así, más bien nos sentimos “normalitos”, con nuestro sentido de la vista bueno, aunque usemos gafas, con nuestras deficiencias y cualidades positivas.

Distinta es la experiencia de quien es ciego; los que han nacido ciegos tienen una limitación aún mayor porque no han tenido la experiencia de los colores y la forma de las cosas; los discapacitados que han perdido la vista sufren, pero su realidad, aunque dolorosa, es más llevadera.

Jesús toma la iniciativa y atiende a un ciego de nacimiento, usa barro evocando la creación del ser humano, creado de la tierra como lo sugiere el Génesis, luego lo manda a bañarse a la piscina de Siloé que significa “enviado”; Jesús es el Enviado del Padre, el ciego tendrá la misión de ser enviado para proclamar las obras que Dios Padre hace por medio de su Hijo.

El autor del evangelio quiere llevarnos más allá de una simple curación física, por eso nos invita a ver su proceso de fe.  El domingo pasado meditamos en la mujer samaritana que siguió todo un proceso de fe con Jesús, hasta convertirse en evangelizadora consiguiendo que muchos paisanos suyos por sí mismos creyeran en Jesús.  Ahora se trata de un varón que piensa que Jesús es un hombre común y corriente, después lo descubre como un profeta y como alguien que viene de Dios, finalmente lo reconoce Señor y se postra ante Él.

La experiencia vivida por los curiosos que vieron el milagro y los que servían a la sinagoga era bien diferente; aunque físicamente veían, no fueron capaces de dar el paso a la fe, verdadera iluminación del ser humano.  Quien conoce a Jesús y quien lo sigue, es un “iluminado”; ya San Juan Crisóstomo se refería en sus escritos a los cristianos a quienes llamaba “iluminados”. El texto evangélico nos da la idea de una catequesis, orientación o alocución pedagógica a quienes se preparaban para el bautismo o ya habían vivido el sacramento.

Jesús le pide al ciego se bañe en la piscina de Siloé; la inmersión en las aguas recuerda el bautismo que significa sumergirse en Jesucristo, “Agua viva”.  Cada uno de nosotros bautizados, hemos recibido la iluminación de quien dijo: Yo soy la luz del  mundo, quien me sigue no caminará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida. Junto a nosotros hay personas que ven físicamente, pero de manera obstinada no se abren a la iluminación que viene de la Palabra de Dios en la persona de Jesucristo.  Los ateos, los agnósticos, los indiferentes, no utilizan bien su libertad y se quedan en las tinieblas y en la oscuridad.

Hoy estamos llamados a ver con los ojos de Jesús las necesidades de nuestros hermanos y hermanas.  Recordemos que Jesús vio la situación del ciego y tomó la iniciativa.  Hoy algunos somos indiferentes y por eso cabe muy bien el dicho popular: no hay peor ciego que el que no quiera ver. A veces no queremos captar las manifestaciones del Señor en nuestra vida; en algunas ocasiones nos cerramos a nuestros hermanos necesitados y no tenemos ojos para ellos, como si fuéramos el ciego de nacimiento antes de encontrarse con la persona de Jesús. La ceguera física se puede atender con los recursos de la ciencia, hasta cierto punto, pero sobre todo con la solidaridad.

Y para terminar esta meditación recordemos que vamos a la Pascua a celebrar nuestra fiesta principal, pero también vamos a la Pascua definitiva en donde nos encontraremos en la Casa del Padre por la bondad y gracia de Dios, no por nuestros méritos. Allí será la más completa iluminación, pues es la Nueva Ciudad Santa que no necesita luz de luna, ni de sol porque la ilumina la gloria de Dios y su antorcha es el Cordero (Cfr. Ap. 21,23).