DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Pbro. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R.

Ciclo A: 7 de junio de 2020

Jn 3, 16-18

 

Un catecismo antiguo, que aprendíamos de memoria, decía que la señal del cristiano es la santa cruz. Es un distintivo fácilmente comprobable. Basta situarnos junto a un templo para que nos demos cuenta del gesto que mucha gente hace al pasar por delante del santuario; también cuando se trata de un cementerio o lugar religioso. De esas personas la gente espontáneamente dice que son cristianas.

Y lo valioso, por lo menos en principio, es que, consciente o inconscientemente, quien hace la señal de la cruz dice al mismo tiempo: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Esto es una confesión clara y pública de que Dios es Trinidad. Que Dios es comunidad. “Dios es amor”, dice san Juan en su 1ª. Carta.

Sin embargo, la mayoría de los creyentes obramos como si Dios no fuera trinidad- comunidad, sino uno, individual, un Dios solo. “Un ser infinitamente sabio y justo, creador de todo lo que existe, omnipotente que lo puede y lo sabe todo, que premia el bien y castiga el mal…”

Esta noción de Dios es casi la misma que tenían los filósofos griegos y romanos.  Los Israelitas a ese Dios, que llamaban Yavé, lo consideraban su Dios porque Él distinguía con amor especial, por sobre todos los pueblos, a los hijos de Abrahán, o sea, a ellos.

Eso es lo que, más o menos, la mayoría de los cristianos creemos de Dios en la práctica. Quizá le añadimos algunas orientaciones de Jesucristo, aunque no las fundamentales. Es lo que profesamos de Dios al hacer sobre nosotros el signo de la cruz e, incluso, pronunciando las palabras de la Trinidad. En la doctrina creemos en un Dios que es Trinidad pero en la práctica no nos despegamos del Dios único y solo.

Alguien decía a este respecto, que podemos aplicar aquí lo que los pedagogos dicen de los hijos únicos. Fácilmente, éstos se creen dueños del hogar y del afecto de los padres, y van generando en sí mismos una actitud de sentirse centro del mundo, con derecho a ser servidos y no a servir a nadie, a hacer lo que les venga en gana.

Respecto de Dios quizá nos ha pasado lo mismo a los creyentes. Al creer en un Dios único, solo y sobre todo y sobre todos, lo pensamos así omnipotente, dueño de todo, dueño de la vida de la muerte, sancionador de lo bueno y de lo malo, que salva y que condena… Los expertos en religión nos dicen que la idea que tengamos de Dios es la que define nuestros comportamientos.  Así podemos deducir de dónde viene nuestro perfil de ególatras, individualistas, intransigentes y tan poco comunitarios, en nuestra cultura occidental, sobre todo.

Qué bien nos haría que escucháramos a Jesucristo, que leyéramos con atención lo que de él nos dicen los Evangelios y las cartas de los apóstoles. Ellos, con una experiencia y un lenguaje imperfectos, nos trasmitieron lo que El les dijo, con obras y palabras acerca de Dios. “Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos con nosotros, como nosotros estamos unidos a Dios Padre y con su Hijo Jesucristo…” (1Jn 1, 3).

San Juan nos dice que “nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios y que vive en íntima unión con el Padre, es quien nos lo (a Dios) ha dado conocer” (Jn 1, 18). El, Jesucristo, es, pues, el único y valioso referente para conocer de verdad a Dios: “Quien me ha visto y oído, ha visto y oído al Padre” (Jn 14, 9).

Jesucristo nos manifestó de muchas maneras a Dios como el Padre que nos ha escogido para ser sus hijos en el mismo Cristo, que nos perdona, misericordioso, y como el dueño de la viña que a cada uno nos confía una tarea en su sueño sobre los humanos. Que en su Hijo Jesús nos dio su Espíritu para que nos amemos unos a otros como El, Jesús, nos ha amado a nosotros.

Es deseable que en esta celebración de la Santa Trinidad nos sintamos amados por el Dios trino y uno que nos mostró Jesucristo, creados a su “imagen y semejanza”, es decir, comunidad de personas. Y, ojalá que tratemos de mejorar la respuesta de aquel viejo catecismo: La señal, el distintivo del cristiano es “que nos amemos como El, como Jesús nos amó”, porque El nos mostró el amor del Padre en el Espíritu y nos lo manifestó muriendo por amor nosotros en la cruz y resurgiendo del sepulcro a vida nueva.

Entonces, sí afirmemos que la señal del discípulo de Cristo es la cruz porque en ella el Hijo de Dios nos mostró el Amor del Padre, para que en él nos amemos unos a otros y hagamos de este mundo un lugar más amable para todos. Que el diseño del Dios trinidad-comunidad que nos creó a su imagen se note en actitudes cada vez más comunitarias, más tolerantes, más fraternales.