DOMINGO DE PASCUA

DOMINGO DE PASCUA

Ciclo A – 12 de abril de 2020

Pbro. Luis Alberto Roballo Lozano, C.Ss.R.

«Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.

Primicia de los muertos,

Sabemos por tu gracia

que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte en tu victoria santa».

La secuencia de Pascua nos invita a vivir la Pascua de manera plena. Una experiencia vivida por muchos cristianos es la de una serie de celebraciones muy hermosas, realizadas dentro y fuera del templo y que invaden también los Medios de Comunicación. La celebración de Pascua ha recibido una notable renovación litúrgica y se prolonga durante cincuenta días. El canto del Gloria y del Aleluya y el símbolo del Cirio Pascual son elementos preciosos que centran nuestra atención en la Resurrección. Este año ha sido diversa.

Los cuatro evangelistas (Jn 20, 1-10; Mt 28, 1-10; Mc 16, 1-8; Lc 24, 1-12 y Pablo en 1Cor 15) refieren las apariciones de Jesucristo. Cristo ha resucitado y se ha mostrado vivo. Resulta imposible armonizar los diversos detalles de los relatos; pero tales divergencias abogan en favor de la historicidad de las múltiples apariciones de Cristo resucitado. Se trata de acontecimientos metahistóricos, ligados a la vida y a la muerte,  para los que no tenemos un lenguaje adecuado.  La Resurrección de Cristo va más allá de la historia humana y entra en la esfera de la experiencia de fe. Lo que tenemos que preguntarnos es qué ha querido decir cada evangelista al presentar las cosas de esa manera; el mensaje de la Resurrección interesaba más que los datos históricos concretos. Sorprende que los evangelistas presenten como testigos de las primeras apariciones a las mujeres, cuyo testimonio no tenía valor jurídico: ellas acompañaron a Cristo hasta al pie de la cruz y lograron la conexión entre la pasión-muerte y la resurrección de Cristo.

Juan 20, 1-29, llamado “Libro de la Resurrección” contiene  relatos agrupados en dos partes: la tumba vacía (1-10) y las apariciones del resucitado a la Magdalena, a los apóstoles y a Tomás (11-29). Como narraciones, los relatos no tienen la continuidad de la narración de la pasión y han sido conservados por el evangelista sin reelaborarlos, como testimonio directo del acontecimiento principal.

El monte es para Mateo (28, 16) el lugar de revelación y de envío (4, 8; 5, 1; 17, 1). La consignación de las dudas que aparecen en los relatos de la resurrección es un rasgo de sinceridad. Cristo, que limitó su actividad de predicación a los judíos, envía ahora a los discípulos a predicar el evangelio por el mundo entero. Lo realizarán con el poder que Él les confiere y les promete su asistencia hasta el final de los siglos. Estamos frente al misterio fundamental de Cristo que es su Resurrección y solo en la fe encontramos la respuesta.

Lo recuerda el Papa Francisco en su exhortación Christus vivit especialmente dirigida a los jóvenes:

El Señor «entregó su espíritu» (Mt 27, 50) en una cruz cuando tenía poco más de 30 años de edad (cf. Lc 3, 23). Es importante tomar conciencia de que Jesús fue un joven. Dio su vida en una etapa que hoy se define como la de un adulto joven. En la plenitud de su juventud comenzó su misión pública y así «brilló una gran luz» (Mt 4, 16), sobre todo cuando dio su vida hasta el fin. Este final no era improvisado, sino que toda su juventud fue una preciosa preparación, en cada uno de sus momentos, porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio»,  y «toda la vida de Cristo es misterio de Redención». (CV, 22).

 Y concluye el Papa Francisco: «¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo solo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz. Por eso decía san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes» (1Cor 15,17). (CV, 124)

Hacemos una referencia al mundo de este momento. Jamás nos imaginamos la acumulación de sufrimientos, incomodidades, cambios y experiencias que ha tenido la humanidad en pocas semanas, concentradas en coronavirus o Covid-19. Es claro que el mundo está invitado a cambiar sus estilos de vida que ponen en riesgo la vida, y que nuestra libertad no nos autoriza a perjudicar a los demás. Lo imploró el Papa Francisco: El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados (Oración del 27 de marzo 2020). Que la vida nos une más de lo que pensamos y que vida significa  la lucha que se libra en la Resurrección de Cristo y en la vida de cada ser humano. Y que esto va máqs allá del Covid-19. Aquí, la fe se vuelve esperanza en que palpitan todas las historias recogidas en los textos bíblicos y en las ansiedades de cada ser humano: Dios no desampara a su pueblo. Y la esperanza vuelve a reconstruir ese círculo de amor entre Dios y cada criatura y entre cada ser humano y su prójimo.  La prueba más contundente es la victoria que canta la secuencia de Pascua y se vuelve oración al Señor de la vida: Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa.