DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Pbro. Fabio Edilson Cárdenas Suárez, C.Ss.R.

Ciclo A: 31 de mayo de 2020

Jn 20, 19-23

 

Es la hora del Espíritu

Después de vivir un tiempo pascual muy particular -por la pandemia que nos afecta-, tenemos la oportunidad de celebrar alegremente la manifestación del Espíritu Santo hoy en Pentecostés.

El evangelio nos manifiesta que Jesús se hace presente en la comunidad a pesar de las circunstancias propias y los sentimientos de temor que llevan a los discípulos a buscar el encierro, también nosotros en ocasiones -de manera particular en este tiempo de pandemia y encierro obligatorio- perdemos la esperanza, nos sentimos derrotados y abatidos, olvidando que Jesús sale a nuestro encuentro, que no nos deja solos, nos muestra sus heridas y nos regala la paz como fruto de su resurrección.

Hoy continúan existiendo señales de sufrimiento de Dios por la humanidad a causa de la guerra, el hambre, las injusticias, la corrupción, las enfermedades, etc.

De Jesucristo resucitado recibimos la misión de evangelizar, como vivencia y compromiso de nuestro bautismo, así somos enviados como Él ha sido enviado por el Padre.

Jesús sopla sobre los discípulos, les regala el aliento creador y vivificador de su Espíritu que les lleva a compartir y experimentar la misericordia de Dios. La donación del Espíritu Santo hace de los discípulos personas nuevas y recreadas, los libera de su vieja condición de encerrados y los prepara para asumir nuevos desafíos.

Jesús envía a los suyos pero no los deja solos, sino que les entrega el Espíritu para que puedan llevar a cabo su misión; sin el Espíritu la comunidad no se habría puesto en marcha, no habría superado sus miedos. El envío que Jesús realiza a los discípulos conlleva algo más, la tarea de la reconciliación universal.

Jesús vuelve al Padre, pero no nos abandona, nos regala la manifestación de su Espíritu, de esta manera, acompañados constantemente por el Espíritu no nos sentiremos solos y sostenidos por Él estamos llamados a ser testimonio en medio del mundo.

Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo, quien es el protagonista silencioso pero eficaz de toda la historia de la salvación. Desde la primera página de la Biblia hasta la última el Espíritu Santo lo llena todo, lo penetra todo, lo invade todo. Pentecostés es la celebración del nacimiento de la Iglesia, como comunidad que se fortalece en Cristo resucitado.

En Pentecostés el Espíritu es el que lleva a cumplimiento la misión de Jesús y da comienzo a la comunidad cristiana, la Iglesia.

Recibimos el Espíritu de Jesús para abrir las puertas y llenarnos del viento fresco y del fuego que quema, que transforma, que recrea.

Recibimos el Espíritu Santo para compartir y experimentar el perdón.

Recibimos el Espíritu Santo para cantar las proezas de Dios, porque Él nos da valentía.

Recibimos el Espíritu Santo para vivir la unidad -no la uniformidad-; somos sostenidos con la gracia de sus frutos y dones.

Recibimos el Espíritu Santo para dejarnos conducir por Él.

Recibimos el Espíritu Santo para ser instrumentos de su amor, gracia y misericordia.

Momento de reflexión:

  • Se dice con frecuencia que el Espíritu Santo es el gran desconocido y olvidado, ¿qué experiencia tienes de su acción en tu vida?
  • El Espíritu Santo es el aliento vital del Resucitado que actúa en nosotros, su presencia no se ve, pero ¿de qué manera debería notarse en la vida de los creyentes?
  • También hoy los cristianos vivimos con miedos y encerrados, ¿será que nos resistimos a dejarnos mover por el Espíritu? ¿En qué sentido debería cambiar esta situación para hacernos más dóciles a su acción?

Momento de oración:

Padre de todos: nuestra oración comunitaria y personal, es hoy de bendición, acción de gracias, alabanza y gozo por los signos de la presencia de tu Espíritu en el mundo.

Perdona Señor, nuestra ineficacia de cristianos cobardes y danos la fuerza de tu Espíritu para anunciar hoy a Jesucristo como esperanza de la humanidad y verdad que vence la mentira, como paz y libertad que fundamenta la dignidad humana, como vida que supera la muerte, el desamor y la opresión, como amor y fraternidad que derrotan al odio y la violencia, como única liberación, capaz de crear personas libres con capacidad para amar.

¡Ven Espíritu divino! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego perenne de tu amor. Amén[1].

[1] CABALLERO, Basilio. En las fuentes de la Palabra. Homilías dominicales. Madrid, 2015