DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO 09.02.2020

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO 09.02.2020

Pbro. Jesús María Ortiz, C.Ss.R.

Celebramos hoy el Quinto Domingo del Tiempo ordinario del Ciclo A. Recordemos que durante este año litúrgico nuestra Iglesia nos propone en la mayoría de los domingos el Evangelio según San Mateo.

Este Evangelio en su estructura literaria contiene cinco grandes discursos:

  • El discurso o sermón del monte (Mt 5-7)
  • El discurso misionero (Mt 10)
  • El discurso parabólico (Mt 13)
  • El discurso eclesial (Mt 18)
  • El discurso escatológico (Mt 24-25)

El pasaje que nos presenta la liturgia de este día se encuentra en el primer discurso, es una prolongación de las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Jesús se dirige a sus discípulos y por eso utiliza la segunda persona del plural -ustedes-, como en la última bienaventuranza (Mt 5,11-12). Ahora Jesús añade dos imágenes, de las cuales la primera: la sal (Mt 5,13) la presenta de modo conciso y directo, mientras que la segunda: la luz (Mt 5,14-16) está formulada con mayor detalle.

El inicio de cada mensaje está construido en paralelo (ustedes son…) y a las dos imágenes (la sal y la luz) les sigue una explicación; luego, en Mt 5,16 se añade una interpretación que aclara el significado de la luz, pero sirve para resumir el sentido de los dos recursos literarios.

La imagen de la sal

La sal tiene numerosas propiedades y, de hecho, se empleaba en la antigüedad para conservar, condimentar, desinfectar y curar. La primera parte del texto deja abierto en qué sentido debe ser sal la comunidad, pero la conclusión aclara que se trata de la realización de buenas obras: los seguidores de Jesús deben actuar como la sal.

El padre Fidel Oñoro hace el siguiente comentario:

Cuando se echa en una sopa, la sal tiene la doble virtud de estar en todo y de ser discreta: nadie habla de ella, a menos que haga falta o esté en exceso; la sal es, además, un buen conservante de los alimentos.  Pero cuando especifica “de la tierra”, Jesús nos remite al mundo de la agricultura en el oriente antiguo, en el cual se le agregaba sal al abono para darle más vigor, para hacerlo más fecundo.

La idea de fondo, entonces, es la vida: las comunidades cristianas están llamadas a ser instrumento de la vida del Padre -que es reconocido como Padre de todos (Mt 5,16)- en los contextos en los cuales viven su fe. Lo que se dijo que el Padre hacía en la proclamación de las bienaventuranzas, ahora se les ofrece a todos.

La imagen de la sal que “se desvirtúa” (literalmente: “se vuelve necia”), como símbolo de lo inútil, describe la acción –común en la Palestina antigua- de arrojar la basura en medio de la calle para tapar los huecos, mientras que la gente que pasa hace las veces de aplanadora. La imagen es fuerte, pero es ante todo una invitación para que la comunidad cristiana no permanezca inactiva, dejando perder todo el potencial que tiene; si no -y es el efecto de la comparación- es como la basura.

En este sentido, Jesucristo nos invita a no perder la identidad de ser hijos de Dios, auténticos misioneros, porque de lo contrario seremos arrojados fuera, a la basura.

El biblista italiano Massimo Grilli se refiere a la imagen de la sal diciendo:

El mismo término empleado aquí en el sentido de volverse insensato, necio, es usado también luego (Mt 5,22; 7,26) en pasajes donde se abordan asimismo ideas relacionadas con el juicio; de este modo, al ser arrojado fuera, le corresponde la condena del infierno (como también en Mt18,8-9). Estas claras palabras de advertencia les recuerdan a los lectores para qué han sido llamados: nuestras obras, como la sal, deben ser eficaces de muy diversas maneras, sanando, preservando, purificando, sazonando…

La imagen de la luz

Para desarrollar este apartado se presenta una reflexión sencilla en forma de metáfora:

Había una vez un hombre llamado “Vela” que cansado de las tinieblas que rodeaban su existencia, se quiso abrir a la luz. Su deseo era recibir luz. Un día “la luz verdadera que alumbra a todo el hombre” llegó con su presencia y lo iluminó. Y “vela” se sintió feliz por haber recibido la luz que vence las tinieblas y da seguridad a los corazones.

Muy pronto se dio cuenta de que el haber recibido la luz, constituía no solo alegría sino también un compromiso. Tomó conciencia de que para que la luz perdurara en él tenía que alimentarla desde el interior, a través de un diario derretirse, de un permanente consumirse. Entonces su alegría tomó una dimensión más profunda, pues entendió que su misión era consumirse al servicio de la luz y aceptó con fuerte conciencia su nueva vocación.

En ocasiones pensaba que hubiera sido más cómodo no haber recibido la luz, pues en vez de un diario derretirse, su vida hubiera sido un “estar ahí”, tranquilamente. Tuvo la tentación de no alimentar más la llama, de dejar morir la luz, para no sentirse tan incómodo, también se dio cuenta de que en el mundo existen muchas corrientes de aire que buscan apagar la luz. Sin embargo, decidió defender la luz de las corrientes de aire que circulan por el mundo.

En este sentido, su luz le permitió mirar a su alrededor y se dio cuenta que existen muchas velas apagadas, unas porque nunca habían tenido la oportunidad de recibir la luz, otras por miedo a derretirse… Y las demás porque no pudieron defenderse de alguna corriente de aire. Y se preguntó muy preocupado ¿Podré encender otras velas? Y pensando descubrió también su vocación de misionero de la luz. Entonces se dedicó a encender velas para que hubiera mucha luz en el mundo.

Cuando presentía que se acercaba al final, porque se había consumido totalmente al servicio de la luz, identificándose con ella, dijo con voz muy fuerte y con profunda expresión de satisfacción en su rostro CRISTO ESTÁ VIVO EN MÍ.

Es oportuno también, mencionar a San Alfonso, fundador de los Misioneros Redentoristas, un hombre que se convirtió en sal de la tierra y luz mundo. Esta afirmación se evidencia en su trabajo misionero con las comunidades más vulnerables de su época. Él al igual que los demás santos nos dejaron un legado para llevar a cabo la misión de ser sal de la tierra y luz del mundo.

Ahora preguntémonos

¿Qué aspectos de nuestra vida nos dicen que somos sal de la tierra y luz del mundo?

¿En qué momento se puede perder la identidad de ser sal de la tierra?

¿Cómo fortalecemos la luz de Jesucristo para que permanezca encendida?

¿Cuáles son las corrientes de aire que quieren apagar nuestra luz?

¿Cómo transmitimos nuestra luz a los demás?