DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO 16.02.2020

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO 16.02.2020

Pbro. Oscar Javier Martínez, C.Ss.R.

En este domingo Jesús continúa exponiendo a todos el contenido fundamental de su misión: el Reino de Dios que nace en las bienaventuranzas.

Jesús insiste en la radical actitud del hombre para llegar a su plenitud. En el siglo I de nuestra era, los judíos tenían una gran cantidad de normas y preceptos derivados de las distintas interpretaciones de escribas y fariseos. El problema consistía en que estas interpretaciones eran una lectura rigorista y alejada de la auténtica función de la ley: dar plenitud a la vida de la persona. Los mandatos establecidos por Dios son propuestas de libertad para amar más y mejor. Los judíos habían cambiado ese sentido restringiendo la libertad y opacando el amor.

Por eso encontramos en Jesús al hombre libre que vive a plenitud el amor: se acerca a los necesitados, cura las dolencias de los enfermos, libera al cautivo y es buena noticia a todo ser humano que se acerca. La plenitud de la ley de Dios no se encuentra en la aplicación extrema de la justicia sino en la abundante misericordia que devuelve la dignidad humana. La crítica hacia los fariseos y escribas revela el sentido pleno de la voluntad de Dios. Si los mandatos no devuelven la vida no son propiamente venidos de Dios-

Entonces Jesús señala que no basta con cumplir las leyes de manera literal sino que el hombre debe procurar vencer las causas que obstaculizan la realización de la existencia.

El primer ejemplo que Jesús señala es el mandato de “no matar”. La causa primera de esta norma pudo deberse a la envidia, los celos, las iras y las diferencias de los hombres entre sí. Jesús invita a atacar de raíz este mal optando por la reconciliación, la superación de los problemas, los acuerdos mutuos y la acogida a los excluidos y marginados de la sociedad. No basta con decir, como muchos hacemos en nuestras confesiones, “no he matado”, si en el fondo sentimos desprecio por alguno de nuestros hermanos.

En el segundo ejemplo Jesús recupera la dignidad a la mujer. El adulterio señalado por la ley considera a la mujer como una propiedad. Jesús desea devolver la dignidad de ellas y la sacramentalidad del amor. Si se establece el vínculo de amor entre un hombre y una mujer, deben superarse toda sospecha de utilitarismo, egocentrismo, placer individualizado y falta de transparencia en la relación. No cometer adulterio no es sólo abstenerse de relaciones que contraríen la fidelidad, su esencia está en la entrega total a la pareja asumiendo el amor hasta la muerte.

El tercer ejemplo supone la soberanía de Dios y el respeto a su voluntad. Por más que el hombre proyecte su destino y se esfuerce por cumplir la ley, no puede usar el nombre de Dios. Además, un juramento que se realiza para superar la duda propia o ajena supone una gran probabilidad a la mentira. La verdad –lo dice el mismo Jesús- es la que nos hace libres.

De este modo, busquemos experimentar el amor para así encontrar la plenitud de la vida que Dios quiere para todos.