DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO 23.02.2020

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO 23.02.2020

Pbro. Leiner Castaño, C.Ss.R.

En las calles vemos mucha violencia guardada en la mente de personas que ante cualquier dificultad insultan y se van a las armas o a los puños. La nueva era de Donald Trump está poniendo a Estados Unidos con muros y no con puentes, con exclusión y no integración.

Desde el Antiguo Testamento, en el libro del Levítico, el llamado a la humanidad es contundente: “Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo. No odiarás en tu corazón a tu hermano”. Y como si fuera poco, Jesús nos dice: “Sean, pues, perfectos como es perfecto su Padre celestial”.

Una de las características maravillosas del Padre Dios es que perdona. Así nos lo hizo saber Jesús con sus palabras y con sus gestos, con su cercanía a los pecadores y con su enfrentamiento con quienes eran fríos fariseos, indolentes y jueces de los demás ante sus errores y debilidades. Jesús nos presenta la opción de la no violencia “no opongas resistencia al que te haga algún mal… amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen” y todo porque tenemos a un Padre tan bueno “que hace salir su sol sobre malos y buenos y da la lluvia a justos e injustos”.

La tarea es parecernos al Padre “si aman a los que los aman, ¿qué recompensa tendrán?… sean perfectos como es perfecto su Padre celestial”. Jesús nos deja en claro que su método es muy distinto al que vivió el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento y al que han manejado los poderes de este mundo. Su camino es la humanización. Somos humanos cuando el amor a las personas está a la base de nuestra actuación y esto incluye al enemigo. En el fondo Jesús pide respeto hacia el victimario, aunque no se lo merezca. Es responder con bendición y no con maldición, porque así fue la vida de Jesús y porque el Padre le mandó a Jesús que no pierda ninguno de los que le dio. Ser mansos, no violentos al estilo de Jesús, es condenar la injusticia, la corrupción y la crueldad, pero sin suscitar el odio.

José Antonio Pagola, comentando el amor al enemigo nos dice: “El amor al enemigo no es una enseñanza secundaria de Jesús dirigida a personas llamadas a una perfección heroica. Su llamada quiere introducir en la historia una actitud nueva ante el enemigo, porque quiere eliminar en el mundo el odio y la violencia destructora. Quien se parezca a Dios no alimentará el odio contra nadie, buscará el bien de todos, incluso el de sus enemigos. Cuando Jesús habla del amor al enemigo no está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo alguien del que podemos esperar daño, y difícilmente pueden cambiar los sentimientos de nuestro corazón. Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor o afecto hacia él. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Nos hemos de preocupar cuando seguimos alimentando odio y sed de venganza. Pero no se trata solo de no hacerle daño. Podemos dar más pasos hasta estar incluso dispuestos a hacerle el bien si lo encontramos necesitado. No hemos de olvidar que somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos. Podemos incluso devolverle bien por mal. El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias, a la persona se le puede hacer prácticamente imposible liberarse enseguida del rechazo, el odio o la sed de venganza. No hemos de juzgar a nadie desde fuera. Solo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar[1].

[1] José Antonio Pagola. “Una llamada escandalosa”. Comentario al evangelio de Mateo 5, 38-48. Tomado de: www.feadulta.com