DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

Pbro. José Samuel Torres Tangua, C.Ss.R.

Ciclo A: 21 DE JUNIO DE 2020

Mt 10, 26-33

 

No tengan miedo

El evangelio de este domingo, Jesús nos invita a no tener miedo. Es el coraje del discípulo misionero que une su vida al Redentor. En efecto, si se cultiva el miedo, éste encierra, domina, paraliza y puede llegar a ser una barrera para el encuentro gozoso con el Señor. El temor anula el compromiso, la iniciativa a construir una sociedad inspirada en la buena nueva. La vida en la fe es un camino dinámico que moviliza y aleja del temor.

En estos cinco meses del año en curso hemos vivido momentos de sobresalto a causa de la pandemia, que lentamente se ha ido extendiendo en el mundo entero. Los acontecimientos que contrae está infección a unos desconcierta, a otros ensombrece la vida y a la mayoría nos entristece ante las narraciones de familiares y amigos. Aún más, la experiencia de fe aflora con toda la fuerza en estas terribles circunstancias. Dios habla, y por medio de esta experiencia tan dolorosa nos brinda su fortaleza y nos invita a no temer. Como discípulos y misioneros, sabemos en Quién hemos puesto nuestra esperanza.

El capítulo 10 del evangelista según san Mateo, presenta un itinerario de vida del discípulo. En los primeros versículos Jesús llama a los doce (Mt 10, 1-4). Ellos son ahora el nuevo pueblo del Israel restaurado; el primero en ser mencionado en la lista es Simón Pedro. Ellos representan la universalidad de la llamada de Dios. En seguida, el evangelista describe la misión de los doce (Mt 10, 5-15). Ellos deben evitar la tierra de los gentiles y samaritanos y dirigirse a las “ovejas pérdidas de Israel”, expresión que puede referirse a el Pueblo elegido, o a todos los pueblos de la tierra. El mensaje central que deben trasmitir es la cercanía del reino de los cielos, en especial a los más pobres. La misión va acompañada con signos que manifiestan la misericordia de Dios. Luego, la narración presenta las dificultades y contradicciones que encontrarán (Mt 10, 16-25); el pasaje menciona cinco consignas que Jesús presenta a los apóstoles. Finalmente, arribamos al texto que la liturgia nos propone para este domingo (Mt 10, 26- 33).

Llamamiento de los apóstoles, envío, dificultades y en el texto que meditamos, el evangelista nos interroga: ¿Cómo superar las situaciones difíciles que aparecen en la vida del discípulo misionero? Es innegable que las dificultades, cuando no se asumen, con facilidad marchitan la vida de la persona. Avanzar en la vida sin confianza es una manera de bloquear e incluso de llegar a perder el sentido de la existencia.

En el texto de este domingo se enumeran cuatro formas de miedos que sobresalen en la exhortación que hace Jesús a sus discípulos. Al mismo y tiempo, se ofrece la fortaleza de la fe ante los temores. La vida del discípulo y misionero no está exenta de problemas y dificultades. Bastaría dar una mirada a la realidad personal, familiar y social de la vida e incluso a situaciones inesperadas como las que estamos viviendo, para constatar esta verdad. El discípulo misionero, aunque siente miedos, no se deja persuadir por estos, sino que se fortalece por la presencia de Espíritu del Redentor.

¡No tengan miedo! Palabras que resuenan y son un grito de esperanza; invitación a levantar la cabeza y caminar erguidos con la confianza puesta en el dueño de la vida. Ante la descripción del miedo surge la invitación de Jesús: no teman.

Cuatro temores se enuncian: miedo a expresarse en público; miedo a los sufrimientos corporales; miedo al sinsentido de la vida y miedo a perder la comunión con el Redentor. Ante estas dudas e incertidumbres de todo discípulo ¿qué hacer? ¡No les tengan miedo! Es la invitación de Jesús a la audacia y a la confianza. No tengan miedo, expresión que se repite tres veces (Mt 10, 26. 28. 31) y que emerge como un programa de vida.

  1. La buena nueva no puede estar amordazada (Mt 10, 26). El anuncio de la buena nueva no es una causa perdida, aunque en momentos así lo parezca. No es un proyecto humano, no. Es la iniciativa de Dios, que no abandona, sino que da fortaleza y confianza. Él cuida de cada uno de sus gorriones. Él mismo, con su vida, pasión, muerte y resurrección, anticipa esta realidad. El misionero debe tener claridad del mensaje que anuncia y lo debe hacer con arrojo y valentía; la buena nueva se proclama desde las azoteas. Expresión que invita a la fortaleza en el anuncio. Anunciar el evangelio no solo de palabra, sino con una vida transfigurada por la presencia del Señor. La audacia del mensaje evangélico ilumina los temores y angustias de la sociedad.
  2. El discípulo – misionero debe hablar de su fe, con libertad, con el gozo de su Señor (Mt 10, 27). El anuncio de la cercanía del Reino aflora en cada instante de la vida. Anunciarlo con la intrepidez que da la fe. El miedo se vence con el cultivo de una vida interior, de dialogo contante con el Señor. “Lo que escuchen al oído grítenlo desde los techos”, la palabra que se saborea, se medita, se interioriza, se convierte en la mayor fuerza capaz de iluminar cualquier oscuridad.
  3. El misionero se confía en los brazos del Padre (Mt 10, 28). En vida de Jesús resplandeció en todos los momentos de su ministerio la confianza en el Padre. El discípulo y misionero tiene su mirada y confianza en el Padre: “sin embargo ni no de ellos cae en tierra sin permiso del Padre de ustedes” (Mt 10, 29). Hay tantos distractores que confunden, caminos diversos que seducen y con facilidad nos roban la mirada de lo central. El Padre creador le ofrece la vida y nadie se la quitará, “teman más bien al que puede arrojar cuerpo y alma en el infierno” (Mt 10, 28)
  4. El discípulo-misionero afianza su vida en Jesús (Mt 10, 32-33). Camino de fidelidad y confianza en él. Una frase de contrastes entre en “el que me reconozca y el que me niegue”. Realidad vital del discípulo que, ante las diversas circunstancias de la vida, niega o con valentía y libertad anuncia la cercanía del Reino. Enraizarnos en Él para dar fortaleza y seguridad al mundo, y en especial a las personas que viven a nuestro alrededor.

Hermosa misión. Calidad palabra del Rededor que evocan las Constitución 20 de los misioneros redentoristas: “siguen gozosamente a Cristo Salvador, participan de su misterio y lo anuncian con la sencillez evangélica de su vida y de su palabra, y por la abnegación de sí mismos se mantienen disponibles para todo lo arduo a fin de llevar a todos la redención copiosa de Cristo”.

María, mujer intrépida, nos invita a responder al Señor con la confianza en él” aquí está la sierva del Señor, hágase en mí según su palabra. Al instante, narra el evangelista, salió presurosa por las montañas. Hermosa actitud. No temamos Él nos acompaña en cada instante.

El misterio de la presencia eucarística no es un invento de la Iglesia, lo atestiguan los evangelios. Los sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, traen sendos textos de institución: Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20 . El testimonio de Pablo es bien significativo en 1 Co 11, 17 ss. En síntesis la voluntad de Jesús es quedarse en un abrazo, en un signo de amor, en unos elementos bien concretos: el pan y el vino, lo mismo que la comunidad que será su presencia resucitada.

Y el cuarto evangelio, o evangelio de Juan ¿qué dice de la institución? No encontramos un texto paralelo con los evangelios sinópticos. En el capítulo 13 habla del lavatorio de los pies, mandato de servicio a sus discípulos y lo hace dentro del contexto de la Cena Pascual. Jesús estará presente en aquellas personas a las cuales les sirvamos, como lo dice, en otro orden de ideas, en Mt 24, 31 ss.  También, como discípulos suyos, tendremos la misión de lavar los pies a los demás, particularmente a los pobres, sencillos, excluidos y en general a todos aquellos que necesiten de nuestra ayuda.

Juan tiene un largo capítulo sobre el Pan de Vida, su capítulo sexto; parte de la multiplicación de los panes y los peces.  El mensaje es que Jesucristo, como Palabra, es alimento de todos los que andamos hambrientos por este mundo buscando un sentido a nuestra existencia. Sin embargo, el capítulo sexto trae los verbos usados por los otros evangelistas para fundamentar la Eucaristía: tomó el pan, dio gracias, lo repartió (Jn 6, 11).

En el texto que nos presenta la liturgia de este domingo, en los versos 51-58, el evangelista, muy a su estilo, habla de dos realidades: comer su cuerpo en sentido real (no somos antropófagos) y comer su cuerpo como alimento que da vida. En otros textos Juan habla del agua (H20) y Jesucristo como el agua; el nacer físico (¿volver al vientre de la madre?) y el nuevo nacimiento por el bautismo, etc.

Si bien el texto de hoy no es suficiente para una fundamentación del sacramento de la Eucaristía, sí hace referencia a este sacramento porque en ella nos alimentamos de Jesucristo con su Palabra, con el pan y el vino consagrados, con la fraternidad en la reunión de la Asamblea o “synaxis” o reunión de los creyentes.

Jesús nos habla de habitar en Él y permanecer en Él. Es recibir su vida aquí en la tierra, y recibir la vida eterna, pues Jesucristo nos resucitará en el último día. El maná dado por Moisés en el desierto alimentó provisionalmente, pero Jesucristo es el nuevo maná, el nuevo alimento que da sentido pleno en este mundo y total plenitud en la vida eterna.

¿Qué le dice este texto a nuestro pueblo en confinamiento y que quiere liberarse del “covid 19”? Hemos vivido en este tiempo una escasez de comida; el Gobierno Nacional y local en las diferentes ciudades y pueblos, no da abasto a tanta necesidad. También nuestra gente anda hambrienta por volver a los templos y poder recibir el cuerpo de Jesucristo.

Este texto de Juan 6 nos sirve muchísimo en el momento actual pues nos pone frente a Jesucristo que da sentido a nuestras dificultades, luchas, problemas, incertidumbres, enfermedades e incluso posibilidad de salir de este mundo antes de lo que imaginamos. Se necesita una confianza total, una fe en Jesucristo. Es lo que les pidió a las mujeres y hombres de su tiempo: “No solo de pan vive el hombre” (Dt 8,3) “Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les da el Hijo del hombre, porque a Éste es a quien el Padre Dios ha marcado con su sello” Jn 6, 27.

Jesús terminó su discurso y muchos no comprendieron y lo dejaron. Es que comer su cuerpo y beber su sangre es hacer comunión con Él, con sus palabras, con su vida y proyecto de Reino de Dios. Los seres humanos, con frecuencia, queremos las cosas fáciles, superficiales, sin mucho esfuerzo. Piensa Jesús que se quedará solo y les pregunta a sus discípulos “ustedes también quieren marcharse” Pedro dice: “Señor, ¿Donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” Jn 6, 68. La fe de Pedro tiene que ser la de nosotros hoy. El momento nos centra más en la Palabra que en el sacramento, por la imposibilidad física de comulgar la mayor parte de nuestros fieles. Llegará el momento en que lo puedan hacer sacramentalmente. Por ahora adoraremos al Señor “en Espíritu y en verdad” y anhelaremos con mayor fuerza la celebración eucarística, el sacramento del amor. Pero la Eucaristía, que tiene proyección social, nos debe llevar a los pobres, en estos momentos a repartir el pan material en tantas mesas familiares que no lo tienen; no tenemos que esperar a celebrar la misa para comprometernos con los pobres, lo podemos y lo debemos hacer ¡ya! Vendrá después la celebración y vendrá la unión definitiva con Jesucristo después de nuestra muerte en la resurrección, en la Vida Eterna, en el abrazo del Padre.