DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO

28 DE JUNIO DE 2020: Ciclo A

 Pedro Pablo Zamora Andrade, C.Ss.R.

Mt 10, 37-42

 

El texto evangélico que nos propone la liturgia de la Iglesia católica para el XIII Domingo del tiempo ordinario pertenece al llamado «discurso de la misión» (Mt 10,1-42). En este discurso, el evangelista reúne frases y recomendaciones del Señor Jesús para iluminar la situación difícil en la que se encontraban los judeo-cristianos hacia la segunda mitad del siglo I d.C.

El evangelista quiere animarlos a no desistir, a pesar de las muchas y graves dificultades que encuentran al anunciar la Buena Noticia a los hermanos de su misma raza. Es precisamente en este período, correspondiente a los años 80, cuando el pueblo judío se está recuperando del desastre sufrido por la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C., y comienzan a reorganizarse tanto en el campo religioso, como socio-económico y político.

Algo parecido sucede en las regiones de Siria y Galilea, donde posiblemente se encuentra la comunidad de Mateo. En el campo religioso, los fariseos tomaron la dirección de la vida espiritual y ética del pueblo. La observancia de la Ley, las prácticas piadosas y los ritos de purificación adquirieron una importancia primordial. Lo único que no pudieron recuperar fue el templo, destruido por Tito y las tropas romanas en el año 66 d.C.

En esta época crecerá, también, la tensión entre la «sinagoga» y la «Iglesia». Esta tensión, fuente de muchos sufrimientos y persecuciones, sirvió de fondo al discurso de la misión y, por tanto, del Evangelio de este domingo. En este contexto, aparecen unas exigencias para el cristiano. Anotamos las siguientes:

Organizar una «nueva escala de amores». Para un judío, la familia era algo sagrado. El hogar era el santuario donde se observaba y practicaba la tradición. Todas las celebraciones religiosas y todas las actividades diarias estaban centradas en torno al hogar. El hogar era más importante que la sinagoga y que el templo.

Por tanto, al exigir un amor más grande hacia él que hacia la familia (padre, madre, hijos), el Señor Jesús nos está pidiendo organizar una «nueva escala de amores». No se trataba de reemplazar el cuarto mandamiento por otro, como lo intentaron hacer los fariseos con la ley del «korbán» u ofrenda (Mc 7,9-13). El amor a los padres quedaba intacto, pero se tenía que ubicar en una nueva escala. El primer amor tenía que ser para el Señor Jesús, luego vendría el amor a los padres, y así sucesivamente.

¿Por qué hay que hacer algo así? Porque el Señor Jesús ha hecho, por cada uno de nosotros, más que nuestra familia. A nuestros padres les debemos el don de la vida, la manutención, la educación, etc.; pero al Señor Jesús le debemos el don inestimable de nuestra salvación. Con su vida, pasión, muerte y resurrección, él nos ha hecho partícipes de la vida nueva. La vida temporal se acaba, pero la vida nueva es eterna, porque es participación de la misma vida del Dios inmortal.

Tomar la cruz para seguir al Señor Jesús. De entrada, digamos lo siguiente: la cruz forma parte de la vida cristiana. No hay vida cristiana sin cruz. Pero no se trata de cualquier cruz. Tiene que ser una cruz que aparece en el horizonte como consecuencia del seguimiento del Señor Jesús. Hay muchas experiencias negativas en la vida del creyente, pero la mayoría de ellas no tienen nada que ver con la vida cristiana.

Hay personas que resultan en problemas económicos por malos negocios; otros resultaron enfermos por fumar o consumir licor. No faltan parejas a las que se les desbarató el matrimonio por incompatibilidades mal manejadas o por infidelidades. Algunos creyentes resultaron en el exilio o en la cárcel por haber aceptado algún soborno, etc.

Pensar que todo lo negativo que nos ocurre en la vida forma parte de la cruz, es un craso error. La cruz cristiana siempre tendrá que ver con el seguimiento del Señor Jesús. Lo demás son contrariedades de la vida y, en la mayoría de los casos, consecuencia de nuestras malas decisiones o de nuestros pecados.

La cruz siempre será una posibilidad real cuando tomamos en serio el Evangelio. Por el contrario, nunca acontecerá mientras vivamos un cristianismo pálido, descolorido, reducido a unas pocas prácticas piadosas que no incomodan a nadie. «Entrar por la puerta estrecha» (Mt 7,13) es la antesala de los choques, la persecución, la cárcel, el exilio, etc.

Entregar la vida para ganarla. Esta sentencia del Señor Jesús tiene que ver con el sentido y el valor de la vida humana. Tiene de por medio una lógica que choca con la que nos propone el mundo de hoy. La lógica del mundo nos dice que hay que guardar la vida, que hay que conservarla de manera egoísta. La ley que prevalece es la del menor esfuerzo. Se nos exhorta a ser eficientes con poco, con lo mínimo.

El Evangelio tiene una propuesta distinta. Se concibe la vida como un don, como un regalo; pero se nos invita a entregarla como donación. Aquí encuadra aquella otra sentencia: «lo que recibieron gratis, denlo gratis» (Mt 10,8). No hay nada más gratuito que la vida. Dios nos la regala sin contraprestaciones. Podemos guardarla, malgastarla o vivirla como donación al servicio del prójimo.

El mismo Jesús es un ejemplo vivo de esta forma original de vivir la vida. Él no vino para que le sirvieran, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud (Mc 10,45). El gesto del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15) es una síntesis maravillosa de su vida. Lo mismo sucede con la eucaristía como «memorial» de su pasión, es decir, como resumen de su existencia: «Mi carne… entregada; mi sangre… derramada» (Mt 26,28).

Una existencia vivida en esta perspectiva, en esta dimensión, «pegada a la cruz de Jesucristo», es una vida que hace feliz a quien la practica, «porque hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35). Es más, es la vida que tiene valor a los ojos de Dios (Mt 25,31-40).

La acogida del apóstol. En la primera lectura de este domingo, el segundo libro de los Reyes menciona a una señora rica que da de comer al profeta Eliseo. Por eso, él siempre regresa a ese lugar. Es más, esta mujer convence a su esposo para construirle un cuarto en la azotea y hospedarlo allí. No se nos menciona su nombre, pero sí su actitud de hospitalidad. Hospitalidad que obtiene una recompensa: un hijo en su ancianidad.

En el Evangelio, el Señor Jesús promete una «recompensa» a quien acoja o de un poco de agua a sus discípulos. Pareciera que el ser humano es incapaz de hacer un favor de manera gratuita y, por eso, hay que prometerle una recompensa. Si es así, el Señor Jesús –que conocía el corazón humano (Jn 2,25)– no se quiso dejar ganar en generosidad. Es una recompensa que va más allá de los simples intereses humanos, y tiene eco en la eternidad.

La hospitalidad es una virtud humana y cristiana. En algunas regiones de nuestro país, sobre todo en el campo, existía la «pieza del peregrino», destinada a una persona que necesitara hospedaje. Algo parecido sucedía en las «fondas» de la zona paisa. Es una virtud que ha sido menguada o casi desterrada a causa de la violencia o de la delincuencia. Pero es una virtud que hay que recuperar, así sea con condiciones.

Démosle gracias al Señor Jesús por esta Palabra que nos regala en este domingo. Las exigencias que nos propone hoy están vigentes, en mayor o menor medida. Acojámoslas en nuestro corazón y pongámoslas en práctica como parte de nuestro compromiso cristiano.