DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

 José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R.

2 DE AGOSTO DE 2020

 Mt 14, 13-21

 

Denles ustedes de comer

Al escuchar o leer este pasaje del evangelio, uno puede pensar que si el relato entra en nuestra celebración cristiana de la Eucaristía es sólo para que nos acordemos que Jesucristo se hizo alimento espiritual para todos nosotros. Que debemos, entonces, preparar nuestra alma para recibirlo con mucha piedad y, a lo más, que, como fruto de esa comida santa, seamos un poco más buena gente con los demás. Que, por ejemplo, al que viene a nuestra puerta, pidiendo limosna, le demos alguna comida o algunos pesos y… que vaya con Dios, porque hasta ahí le acompañamos nosotros.

Lo anterior puede ser que nos dé la satisfacción de que somos muy católicos y caritativos. Que Dios ya puede disponerse a concedernos lo que le pidamos puesto que hemos sido compasivos. Esta auto-complacencia cristiana nos recuerda una frase de un tal Ulianov Ustinov, Carlos Marx: “La religión es el opio del pueblo”.       Sin embargo, una enseñanza del Concilio Vaticano II, en el documento “Gozo y esperanza” nos dice: “La misión propia que Cristo confió a la Iglesia no es de orden económico, político o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero donde sea necesario, la misión de la Iglesia puede crear, más aún, debe crear obras al servicio de todos, particularmente de los más necesitados” (G. S. 42).

Es lo que Jesús quiso dar a entender a sus primeros discípulos y a nosotros, en el relato del evangelio, cuando les dice y nos dice: “Dénles ustedes de comer”.                                               

 En la narración observemos cómo los discípulos de Jesús se muestran especialmente activos. Pareciera que la presencia y la misma motivación de Jesús los anima para no permanecer pasivos, aunque no lo disimulan, como si la cuestión no fuera su problema, sino de ellos, de los hambrientos.

Si leemos con atención, ellos son los apóstoles los primeros que se dan cuenta de la situación: el hambre de la gente, el despoblado, la falta de recursos… Y sugieren al Maestro una solución, ciertamente evasiva de su parte: “Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”.                                                                

Aquí vemos ya algo que podemos aprender de los apóstoles, de algún modo movidos por Jesús: que nos demos cuenta de la necesidad de la gente, no sólo de la necesidad espiritual, también de la carencia material, del hambre, en el caso. Porque en eso fallamos la mayoría de los que nos llamamos cristianos: vivimos en nuestro mundo de alto o mediano bienestar, como el Epulón de la parábola, con olvido, voluntario o involuntario, de las necesidades de los demás. Y cuando en la tv nos presentan alguna imagen del hambre, de la desnutrición en el África, de los indígenas del Vichada o de la Guajira, nos despachamos con un “¡pobrecitos!” o una alusión de culpa al gobierno y … seguimos con nuestra comodidad que nos da tranquilidad.

Entonces, una primera tarea que podemos aprender del evangelio de hoy, de la iniciativa de los apóstoles movidos, de algún modo, por Jesús, es darnos cuenta de las necesidades de los demás, por lo menos de los cercanos, de nuestra familia, de la vecindad, de nuestro barrio, de nuestra ciudad.

Y luego, podemos poner la atención en que los discípulos desempeñan, luego, un papel importante en esta ocasión: acusan recibo de la orden del maestro. Y no se quedan pasivos: exponen la situación, la falta casi absoluta de medios. Pero enseguida, dicen y exhiben lo que tienen y…. luego los distribuyen a la gente como les ordena el Señor.

Y aquí es donde nosotros, como servidores y discípulos de Jesús, ojalá nos dejemos motivar y disponer para ser instrumentos de su misericordia y su compasión. ¿Cómo? Dejándonos mover por el amor de Cristo. San Agustín decía: “Ama y haz lo que quieras”.

Si amamos de verdad, un poco al modo de Jesús que se despojó de todo para servir, que “vino no para ser servido sino para servir”, seguramente ya encontraremos el modo de tratar de cubrir, en alguna manera, la necesidad de nuestro prójimo. No queramos hacerlo de una manera perfecta de una vez.

Pero si perseveramos en esto poco, dando un pan y un agua de panela, por ejemplo, en un principio, poco a poco iremos encontrando el camino para ayudar como dice un documento de la Iglesia “acompañando a que la gente encuentre la manera de hallar por sí mismos la solución a sus necesidades”. Recordemos lo que alguien dijo con mucha razón y teniendo en cuenta la dignidad humana: “El pobre no necesita limosnas sino oportunidades”.

De momento, me permito sugerir que nos interesemos por conocer, apoyar e impulsar un proyecto ya en marcha en algunas naciones y que la misma ONU sugiere a nuestros pueblos de América Latina: que los gobiernos estudien, aprueben y ejecuten el asignar por ley a cada ciudadano una cantidad mínima de subsistencia para sus necesidades básicas. El Señor Jesús nos mueve como a sus apóstoles a imitar su misericordia y compasión.