DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

P.  Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

2 DE AGOSTO DE 2020: CICLO A

Mt 13, 14 – 21

Multiplicar la solidaridad

Los evangelios ofrecen seis relatos de “multiplicación de panes” señalemos los textos: Mt 14,13-21; 15,32-39; Mc 6, 30-44; 8,1-10; Lc 9, 10-17 y Jn 6, 1-13. En esta línea, Mateo y Marcos nos cuentan dos multiplicaciones. Se trata sin duda de un duplicado seguramente muy antiguo, que presenta el mismo acontecimiento según dos tradiciones diferentes. La primera, más arcaica, de origen palestino, parece situar el suceso en la orilla occidental del algo y habla de doce canastos, cifra de las tribus de Israel y de los apóstoles. La segunda, que procedería de ambientes cristianos de origen pagano, sitúa el acontecimiento en la orilla oriental, pagana, del lago, y habla de siete espuertas, cifra de las naciones de Canaán y de los diáconos helenistas.

Podemos deducir dos enseñanzas de esta narración: la primera es la formación de un pueblo nuevo, de una comunidad nueva, que acepte al Señor; la segunda es cómo en Jesús se hace realidad los tiempos mesiánicos, cuyo alimento principal es el pan. Sin duda, este relato posee un tono litúrgico que recuerda en numerosos detalles la institución de la eucaristía: al anochecer (Mt 14,15 = Mt 26,20); pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos (Mt 14,19 = Mt 26,26).

El Evangelio de este domingo captura fácilmente la imaginación. Recuerdo que cuando niño imaginé a Jesús en esta escena como un gran mago que, podría tomar algo pequeño y aumentarlo muchas veces. Sin embargo, con el paso de los años fui comprendiendo que en lugar de ser un acto que rompe las leyes físicas de la naturaleza, es un milagro de la compasión divina y la generosidad que manifiesta el proyecto del Reino de Dios en la tierra: la comunión y la solidaridad.

El milagro que Jesús ha realizado es el milagro de la fraternidad, que incluye la voluntad de responder a las necesidades concretas de nuestros hermanos. Y este milagro nos une a Jesús, nos hace compartir sus propios sentimientos (cf. Flp 2, 5), nos abre a las necesidades de los necesitados y nos convierte en colaboradores suyos en el ministerio de la compasión. Este milagro establece un vínculo que, como dice San Pablo, nadie puede romper: unidos al amor de Cristo de esta manera, como miembros activos de su fraternidad, nada puede separarnos de él.

San Alfonso María de Liguori, en sus “Visitas al Santísimo” decía “que el pan es el alimento que está en todas las culturas del mundo”, por eso el Señor quiso hacerse alimento en la Eucaristía. No obstante, al ser un alimento universal su carencia es común en toda la humanidad. La actual pandemia evidencia lo anterior, algunos mueren del COVID- 19, otros fallecen de hambre, luces y sombras: solidaridad y corrupción.

El problema del hambre en el mundo es uno de los grandes desafíos de la humanidad. Recursos no faltan para que todos podamos alimentarnos. El problema es la mala administración de ellos y el deseo de ganar más. Para aumentar los precios se desperdician millones de toneladas de alimentos. En los países en vías de desarrollo se aumenta su costo sin tener en cuenta las necesidades elementales de la población y cuando se envían ayudas solidarias no se distribuyen, sino que se transforman en fuente de ganancia para quienes detentan el poder y se dejan dominar por la corrupción.

El episodio de la multiplicación de los panes nos muestra el interés que tiene Jesús por todo lo humano y, al mismo tiempo, nos señala el camino para resolver el problema del hambre en el mundo y otros problemas que afligen a la humanidad. Él no quiere partir de la nada para enfrentar los retos. Quiere nuestra colaboración; partir de nosotros, de lo poco o mucho que tenemos. Nuestra reacción frente a la magnitud de los problemas es constatar lo poco que podemos hacer. Los discípulos le dicen al Señor: “no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Y Jesús realiza el milagro de la multiplicación a partir de esa solidaridad que ofrece lo poco que tiene. Lo mismo experimentamos nosotros frente a los grandes desafíos del mundo de hoy, y le decimos al Señor: es muy poco lo que tengo, no soy capaz, no está en mis manos cambiar las cosas. Cristo nos pide poner en sus manos lo poco que somos y tenemos y Él hará avanzar el Reino en la historia con nuestra colaboración.

Finalmente, este evangelio nos da una gran esperanza en nuestra misión de “sanar las heridas del mundo”, porque es Cristo quien realiza las cosas a partir de nuestra buena voluntad que pone a su disposición lo poco que poseemos; nuestros pocos recursos, nuestra frágil generosidad, nuestros escasos panes y nuestros insuficientes peces. Globalizar la solidaridad multiplica las posibilidades de resolver fraternamente los grandes problemas que afligen a la humanidad. A la luz de este evangelio tomemos conciencia del problema del hambre en el mundo; no sólo por la cuarentena, trabajemos para crear conciencia en la sociedad en la que vivimos. Celebrar la eucaristía, pan de vida que nos une en la fraternidad debería ser fuente de compromiso y de servicio que trabaja junto con Cristo para que el pan material llegue a la mesa de todos como pedimos en el Padrenuestro: “danos hoy nuestro pan de cada día”.