DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

Pedro Pablo Zamora Andrade, C.Ss.R.

 18 DE OCTUBRE  DE 2020

 Mt 22,15-21

El evangelio de este domingo nos propone una pregunta de fondo: ¿Hay alguna relación entre fe y política, entre Iglesia y Estado? La respuesta no es fácil. No lo fue en tiempos del Señor Jesús y no lo es para nosotros hoy. El texto comienza con una pregunta comprometedora; es una de esas preguntas-trampa que los fariseos le plantearon en varias ocasiones al Señor Jesús. El objetivo es claro: tener de qué acusarlo.

La pregunta concreta decía así: “¿Es lícito pagar impuestos al César o no?”. Si responde negativamente, lo podrán acusar de rebelión contra Roma. Si acepta la tributación, quedará desacreditado ante aquellas gentes que viven exprimidas por los impuestos, y a las que él tanto defiende.

Llama la atención que no vayan los fariseos directamente. Envían discípulos suyos y los hacen acompañar “por unos partidarios de Herodes”. La trampa es perfecta. Ellos, los fariseos, evitan el encuentro directo con Jesús. En otras ocasiones el Señor Jesús los ha dejado en ridículo o en evidencia. Además, ellos son del grupo de los que pagan impuestos y defienden la colaboración con Roma. Podrían llevarse otro «chasco» con el profeta de Galilea.

También nos llama la atención el elogio o la alabanza que hacen «los enviados» del maestro de Galilea: “Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”. Es una alabanza cierta, pero ya nos advierte la sabiduría popular: «No te tomes demasiado en serio los halagos, ni los insultos, ni las críticas”. Detrás de la alabanza de «los enviados», se esconde su maldad.

El Señor Jesús no se fía de ellos, los conoce. Tal vez, por eso, les responde con la misma astucia. No les va a dar ocasión para que lo acusen ante nadie. Ya les había advertido a sus discípulos que fueran “mansos como palomas”, pero también les pidió que fueran “astutos como serpientes” (Mt 10,16). Él es un ejemplo acabado de lo que esa máxima significa.

El Señor Jesús les pide que le muestren “la moneda del impuesto”. Él no la tiene, pues vive como un vagabundo itinerante, sin tierras ni trabajo fijo; no tiene problemas con los recaudadores. Después les pregunta por la imagen que aparece en aquel denario de plata. Representa a Tiberio, el César de turno.

El gesto de Jesús, por sí mismo, es clarificador. Sus adversarios viven esclavos del sistema, pues, al utilizar aquella moneda acuñada con símbolos políticos y religiosos, están reconociendo la soberanía del emperador. No es el caso del Señor Jesús, que vive de manera pobre, pero libre, dedicado a los más pobres y excluidos del Imperio.

El Señor Jesús añade entonces algo que nadie le ha planteado. Le preguntaron por los derechos del César y él les respondió recordando los derechos de Dios: “Páguenle al César lo que es del César, pero den a Dios lo que es de Dios”. El Señor Jesús no está pensando en Dios y en el César como dos poderes que pueden exigir cada uno sus derechos a sus súbditos. Como judío fiel sabe que a Dios le pertenece “la tierra y todo lo que contiene, el orbe y todos sus habitantes” (Sal 24,1). ¿Qué le puede pertenecer al César que no sea de Dios? Solo su dinero injusto.

Si alguien vive enredado en el sistema del César, que cumpla sus «obligaciones», pero si entra en la dinámica del reino de Dios, ha de saber que los pobres le pertenecen solo a Dios, son sus hijos predilectos. Nadie ha de abusar de ellos. Esto es lo que Jesús enseña “conforme a la verdad”.

Jesús no dice que una mitad de la vida, la material y económica, pertenece a la esfera del César, y la otra mitad, la espiritual y religiosa, a la esfera de Dios. Su mensaje es otro: si entramos en el reino, no hemos de consentir que ningún César sacrifique lo que solo a Dios le pertenece: los hambrientos del mundo, los desplazados, los emigrantes… Que ningún César cuente con nosotros.

Sus seguidores nos hemos de resistir a que nadie, cerca o lejos de nosotros, sea sacrificado a algún poder político, económico, religioso o eclesiástico. Los marginados por la sociedad (los pobres) o por la religión (los pecadores) son de Dios. De nadie más.

CONCLUSIÓN

“Den al César lo que es el César y a Dios lo que es de Dios”. Estas palabras del Señor Jesús han sido utilizadas, con frecuencia, para establecer una frontera clara entre lo político y lo religioso, y levantar muros entre Iglesia y Estado.

Sin embargo, no es tan fácil realizar esta división o separación. De entrada digamos lo siguiente: tanto la fe como la política, la Iglesia y el Estado están al servicio del ser humano. Las dos instituciones, cada una desde su especificidad, deben velar por el bien del ser humano, tanto en el campo espiritual, como material o social.

Además, los ciudadanos de un país no se distinguen entre políticos y religiosos. Pueden ser creyentes, bautizados, pertenecer a la Iglesia y trabajar, al mismo, en alguna institución del Estado. Así mismo, hay presidentes, gobernadores, alcaldes, ministros…, que participan de la vida eclesial.

Nunca han sido fáciles las relaciones entre la fe y la política. Tampoco entre la Iglesia y los políticos. A veces son estos los que tratan de utilizar lo religioso para defender sus propias causas. Otras, es la Iglesia la que pretende servirse de ellos para sus propios intereses.

Para hacer claridad, recordemos dos datos ampliamente admitidos por la exégesis actual. Por una parte, el proyecto del reino de Dios que puso en marcha el Señor Jesús, tiene o debe tener repercusiones políticas, en el sentido amplio de esta palabra: promover el bien común en la sociedad. Pero, por otra, el Señor Jesús no utilizó el poder político para llevar adelante su proyecto, porque el reino de Dios no se impone desde el poder, la fuerza o la coacción, sino que penetra en la sociedad por la acogida de valores como la justicia, la solidaridad o la defensa de los pobres en el corazón de los creyentes.

El político cristiano no ha de utilizar nunca a Dios para legitimar sus posturas partidistas. El Evangelio no se identifica con ningún partido político. Ahora bien, el Evangelio le ofrece al político cristiano una inspiración, una visión de la persona y unos valores que pueden orientar y estimular sus decisiones y sus proyectos.

Concluyamos esta reflexión haciendo una referencia al famoso «Concordato» entre la Iglesia católica y el Estado colombiano. Es una forma de intentar regular las relaciones entre las dos instituciones. No es algo fácil, porque siempre existirá la tentación de inmiscuirse en las tareas que son competencia ajena. El gobierno tendrá que ser respetuoso en asuntos que tocan asuntos eclesiales (el aborto, la eutanasia, el matrimonio…) y la Iglesia tendrá que ser respetuosa con las decisiones del Estado. Así nos tocó en esta pandemia: tuvimos que cerrar templos y toda pastoral con presencia de público, porque el gobierno nacional y local consideraron que asistir a un templo era más peligroso que ir a los bancos, a los supermercados o subirse al transporte público. Nos pareció una exageración, pero acatamos la orden; así nos tocara vivir varios meses de los ahorros, sin recibir ningún subsidio por parte del Estado.