DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

P. José Humberto Toro Palacio, C.Ss.R.

 11 DE OCTUBRE  DE 2020

 Mt 22, 1-14

 EL BANQUETE DE LA FRATERNIDAD UNIVERSAL

Del llamado “apocalipsis de Isaías” –que ocupa los capítulos 24 al 27- toma la liturgia de este domingo un texto; donde se invita a mirar el futuro con esperanza, pues la paz y la fraternidad serán una realidad de carácter universal.

Utilizando la imagen de un gran banquete, el profeta muestra lo que va a suceder en el monte Sión, lugar en el que está la ciudad de Jerusalén y por supuesto; el templo. Allí culminaban todos los pasos de los caminantes en busca del Señor. Y es ahí, donde todas las naciones son convocadas para disfrutar en fraternidad el gran banquete hecho y servido por el mismo Dios.

Siguiendo las costumbres de aquella época, en los banquetes se solía dar regalos a los invitados. Por ello el Señor quitará las lágrimas, el luto y la tristeza (Is 25, 7) de sus invitados y además recibirán el mejor regalo de todos: la destrucción de la muerte para siempre (Is 25, 8).

Finalmente se garantiza la presencia de Dios en medio de su pueblo que los librará de todos sus enemigos. La historia es conducida por el designio de Dios. Eso debe quedar claro.

En el evangelio de este domingo encontramos la tercera parábola que Jesús cuenta estando en Jerusalén frente a las autoridades de aquella época. Las dos anteriores han tenido un estilo de fuerte confrontación con los líderes del pueblo que no han sabido responder a la voluntad de Dios.

Esta tercera parábola que utiliza el simbolismo nupcial de una boda, es una fuerte advertencia para vivir el don del Reino con coherencia. La primera parte, guarda relación con las parábolas anteriores, donde se deja en evidencia un fuerte y violento rechazo de parte de los dirigentes a participar de la invitación que hace Dios; aunque éste manifieste su apertura a todos y su deseo de recibirlos sin importar su procedencia.

La segunda parte de la parábola se enfoca en el invitado que llega sin traje de bodas. Esto significa las disposiciones necesarias que se deben tener en la comunidad cristiana. Es decir, haber recibido el llamado a ser cristiano implica una responsabilidad que hay que vivir de forma coherente. No es simplemente decir: soy cristiano, pero no se demuestra en la forma de vivir. El traje es el símbolo de la conducta en razón de la vocación a la que fue llamado.

Esta parábola permite comprender por qué la comunidad está compuesta de personas tan imprevisibles. Se esperaba que los invitados fueran los de siempre, los conocidos, los que son “supuestamente los amigos y funcionarios” del Rey-Dios, los buenos, los cumplidores… pero resulta que, frente al rechazo de éstos, son invitados todos los que se encuentran en las encrucijadas de los caminos. Son todos los excluidos y marginados que nunca se imaginan que puedan ser invitados a un banquete en un palacio.

Así es Dios. Su invitación es para todos y nuestra respuesta –nuestro vestido de boda- es una vida de coherencia con los valores del reino; justicia, perdón, acogida y fraternidad.

En la lectura de San Pablo a los filipenses se ve la solidaridad y la fraternidad de esta comunidad con el apóstol. Él Les agradece una ayuda económica que le hicieron llegar en un momento apremiante. San Pablo da gracias, por la forma como estos cristianos han entendido el evangelio. Aprendieron a despojarse a ejemplo de Cristo para darse a los necesitados. El mismo Pablo les había dado pruebas de muchas maneras de este desprendimiento. No se guardaba nada para sí, ni reclamaba nada. Todo era una entrega total al mejor estilo de Cristo.

En esta comunidad de filipos, se puede ver una aplicación práctica de recibir la invitación a la boda de Hijo. Orientar nuestra vida según los criterios de Cristo. Ser solidarios con los necesitados.

A modo de conclusión se pueden ver dos aspectos: Con esta parábola de los invitados a la boda, Jesús está respondiendo a la pregunta que le habían hecho los dirigentes del pueblo sobre la autoridad con que hacia tales cosas…recordemos la expulsión de los vendedores del templo. Aquí Jesús les dice que él es el Hijo del propietario de esa viña

Un segundo aspecto importante que debemos ver en esta parábola es que es necesario ser conscientes de todo lo que Dios nos ha dado para que seamos buenos. Él espera de cada uno de nosotros y como Iglesia en general, los frutos de justicia, de fraternidad y santidad.

Alejemos de nosotros la soberbia que nos ciega y que nos lleva a pretender quedarnos con la viña –los dones de Dios- y a vivir sin Dios.

Jesús debe ser nuestra piedra angular, es decir, el fundamento sobre el cual se debe plantar toda búsqueda y realización personal.