DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

Luis Alberto Roballo Lozano, C.Ss.R.

 25 DE OCTUBRE  DE 2020

 Mt 22,34.40

 

El mandamiento más importante (Mc 12, 28-34; Lc 10, 25-28). 34Cuando los fariseos oyeron que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron, 35y uno de ellos, doctor en la ley, le preguntó para tentarlo: 36«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». 37Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38Este es el principal y primer mandamiento. 39El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40En estos dos mandamientos se resume toda la ley y los profetas».

El desarrollo del Evangelio de Mateo desde el ingreso de Jesús en Jerusalén (Mt 21,1) hasta la Narración de la Pasión (26,1) está lleno de sobresaltos y confrontaciones. Jesús acaba de responder a los saduceos quienes hacen burlas de la fe en la resurrección y han propuesto la historieta de la mujer de siete hermanos al encontrarse con ellos ya resucitada. La respuesta de Jesús desarma su sarcasmo y los deja frente a una desagradable sorpresa. Ellos trabajan para vivir una vida honesta y correcta y es de alabar su moralidad casi desarraigada de lo religioso. Si no aceptan la resurrección, ni Abraham ni Isaac ni Jacob tienen sentido. Y Dios se reduce a un depósito de muertos y ese parece ser el destino de los saduceos. La gente comprendió que se habían quedado sin piso. Y se presentan enseguida los fariseos, colocados casi en el otro extremo con la acumulación de normativas, prescripciones, oraciones y máximas para recordar. Según las situaciones cambiaba la importancia de la actitud religiosa: una vez se trataba de celebrar la pascua, otra de visitar el templo, otra de observar al detalle el sábado, otra de pagar el impuesto de las plantas del jardín y en algunos casos como en el análisis de una blasfemia, llevaba a comportamientos extremos. «El doctor de la Ley no hace la pregunta por deseo de aprender, sino para poner una trampa a Jesús. La maldad y la envidia son su motivación. Como todos los mandamientos son importantes, cualquiera que sea la respuesta servirá para acusar a Jesús. Los dos mandamientos de su respuesta son iguales y los dos encierran la ley y los profetas. Los fariseos en adelante no volverán a hacerle más preguntas». (San Jerónimo, Comentario a San Mateo, II, 22, 35). En este breve comentario de San Jerónimo está encerrado lo que comprendieron los cristianos llegados del judaísmo que constituyen la Iglesia de Mateo, seguramente arraigados en Siria.

Jesús nos invita a seguir cultivando nuestro amor por la ley y los profetas. Eso siguen haciendo muchos judíos de buena voluntad que diariamente renuevan su fe con las palabras del Shemah. Y el mandamiento del amor es aceptado por la entera humanidad como código básico y no declarado que da inspiración a tantas realidades que de otra manera se tornarían imposibles de vivir. Nuestra vida cristiana será tanto más rica y nuestro testimonio será más convincente si tomamos como código básico y mandamiento principal el amor a Dios y al prójimo. Con frecuencia jugamos a las escondidas refugiándonos en el amor a Dios cuando el amor al prójimo se nos vuelve exigente y nos pide sacrificios. Se dan casos de encontrar en estructuras religiosas la manera de escapar a compromisos humanos de justicia. En el mismo evangelio se denuncian tales casos y es cuando la religión se vuelve un engaño y deja de ser el motor para mejorar nuestro mundo. En su reciente Encíclica “Fratelli Tutti” del Papa Francisco aparece un análisis breve y preciso del drama del desamor : “En este mundo que corre sin un rumbo común, se respira una atmósfera donde «la distancia entre la obsesión por el propio bienestar y la felicidad compartida de la humanidad se amplía hasta tal punto que da la impresión de que se está produciendo un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana. […] Porque una cosa es sentirse obligados a vivir juntos, y otra muy diferente es apreciar la riqueza y la belleza de las semillas de la vida en común que hay que buscar y cultivar juntos» (Papa Francisco Fratelli Tutti, 31).

El otro escondite es refugiarnos en las realidades humanas y en lo terreno y no dejar ni tiempo, ni espacio ni interés alguno o dejarlo muy camuflado,  para vivir el amor de Dios. O simplemente eliminar a Dios. San Agustín de Hipona describe de modo maravilloso sus alejamientos y sus búsquedas de Dios. Después de escribir tanto sobre la fe y la incredulidad declara:  “Nadie niega a Dios, sino aquel a quien le conviene que Dios no exista”.

No insisto en este escondite porque con frecuencia reconocemos que no amamos y no creemos lo suficiente en Dios. Pero es menos frecuente que reconozcamos que no amamos al prójimo. Y según el evangelio los dos mandamientos son semejantes y constituyen el primero y principal mandamiento.