PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

1 DE MARZO DE 2020

Mt 4,1-11 – Ciclo A

Pbro. Pedro Pablo Zamora Andrade, C.Ss.R.

 El primer domingo de Cuaresma lo podemos denominar «de las tentaciones». En el presente ciclo (A), el texto que correspondió es el de Mateo, es decir, el más largo. A diferencia de Marcos, que solo menciona que Jesús “fue tentado por Satanás” (1,13), sin hacer ninguna referencia al contenido de las tentaciones, Mateo nos narra que fueron tres.

Pero comencemos por el principio. La tentación en sí misma no es pecado; es, por así decirlo, la «antesala» del pecado. De lo contrario, Jesús habría pecado tres veces porque tres veces fue tentado. El pecado comienza a tener existencia en el momento en que nosotros «cedemos» a la tentación. Por eso, en la oración del Padre Nuestro le pedimos a Dios que «no nos deje caer en la tentación». En otras palabras: que cuando la tentación aparezca en el horizonte de nuestra vida, Dios nos ayude, con la fuerza de su gracia, para no caer.

Tres son las tentaciones de Jesús según Mateo, a saber: 1) convertir las piedras en pan; 2) lanzarse desde lo más alto del templo para que los ángeles lo recojan durante la caída y, 3) ser el dueño del mundo a cambio de postrarse y adorar a Satanás. En las tres tentaciones, el Señor Jesús sale victorioso apoyándose en textos de la Escritura. Pero detengámonos por un momento en el contenido de cada una de las tentaciones.

1) Convertir las piedras en pan. A la base de esta tentación está una necesidad básica del ser humano: el hambre. Jesús habría tenido un éxito enorme y la gente lo habría seguido en masa, si se hubiera comprometido a solucionar el problema de la gente hambrienta de su tiempo, multiplicando el pan cada vez que fuera necesario. Es más, los evangelios nos narran que Jesús multiplicó unos panes y unos peces (Mc 6,30-44). Sin embargo, Jesús estaba convencido que esa no era la solución del problema. El verdadero problema está en el corazón humano. Es la codicia del ser humano (Lc 12,13-21) la que nos ha llevado a construir un mundo donde unos tienen pan en abundancia y las grandes mayorías padecen o mueren de hambre (Lc 16,19-31).

2) Lanzarse desde lo más alto del templo para que los ángeles lo recojan durante la caída. Es la tentación de un mesianismo milagrero, con signos cada vez más portentosos. En alguna ocasión algunos del pueblo «le pidieron una señal del cielo» (Lc 11,16). El Señor Jesús acababa de expulsar un demonio, pero a mucha gente le parecía algo común. Al fin y al cabo, otros judíos también lo hacían (Lc 11,19), y no por eso se arrogaban ningún título. El Señor Jesús se rehusó a caer en esa tentación y, por su parte, los remitió a los signos realizados por Dios en el Antiguo Testamento (al «signo» de Jonás, por ejemplo: Lc 11,29-30).

3) Ser el dueño del mundo a cambio de postrarse y adorar a Satanás. Es la tentación más extraña y atrevida que encontramos en toda la Escritura. ¿Desde cuándo Satanás es el dueño del mundo? La expresión: «Todo esto te lo daré», nos lleva a pensar en esa posibilidad. Es una tentación que entraña una mentira porque el postulado es falso: Satanás no es dueño de nada y, por tanto, no puede prometer lo que no tiene. Al fin y al cabo, Satanás es el padre de la mentira. No nos olvidemos que, con una mentira del tentador, comienza la revelación bíblica (Gn 3,1).

Nosotros podríamos relacionar esta tentación con aquel adagio popular que afirma que «el fin justifica los medios». En alguna ocasión un profesor nos preguntó: «Si el fin no justifica los medios, entonces ¿qué lo justifica?». Y agregaba: «Tienen que ser medios buenos, por supuesto». Ahí está el meollo del asunto. Volviendo a la tercera tentación de Jesús, podemos preguntarnos: ¿El Señor Jesús pensó en alguna ocasión aliarse con los hijos de Herodes, con la casta sacerdotal del templo o con los grupos de resistencia judíos para acelerar la llegada del reino o reinado de Dios? Es una pregunta con difícil respuesta, porque las fuentes que poseemos no nos dicen nada al respecto.

Pero podíamos hacer un paralelo con nuestra realidad socio-económica y política actual. No es difícil encontrar grupos políticos, por ejemplo, que se han aliado con delincuentes o bandidos para intentar un cambio en el rumbo de las cosas. El llamado «Pacto de Ralito», de 2001, puede servirnos de ejemplo. En aquella ocasión, un grupo de políticos se reunieron con jefes paramilitares para crear un movimiento nacional en aras a «refundar» el país. El objetivo era bueno, pero los medios totalmente equivocados. ¿Qué clase de país puede surgir de la alianza de unos políticos corruptos con unos asesinos sin entrañas?

Siempre nos preguntaremos sobre lo ético o no, sobre la conveniencia o no, de recibir dineros provenientes de negocios ilícitos (narcotráfico, contrabando) para construir templos o para obras sociales. Dicen que un obispo de nuestro país, al preguntarle sobre la posibilidad de que llegaran «dineros calientes» a las arcas diocesanas, contestó: «No hay problema. Tráiganlos que yo los enfrío». ¿Cómo «se enfrían» los denominados «dineros calientes»? ¿Basta con cambiar de manos y de destino? ¿El agua bendita o algún exorcismo tendrán el poder de realizar tal transformación?

En este primer domingo de Cuaresma, estamos analizando las tentaciones del Señor Jesús. No son tentaciones pequeñas, insignificantes. Son tentaciones grandes porque tienen que ver con su misión, con la manera de llevar adelante el proyecto que Dios Padre le encomendó, es decir, la instauración del reino o reinado de Dios en la tierra. A estas alturas, podemos preguntarnos: ¿Cuáles son las grandes tentaciones a las que se enfrenta un cristiano de nuestro país hoy? Son muchas, pero yo quiero resaltar dos.

1) La tentación del enriquecimiento fácil, así sea ilícito. Es una tentación muy extendida y en ella caen muchas personas. El objetivo es ganar mucho dinero de manera rápida, sin importar su licitud. Negocios ilícitos como el contrabando, el narcotráfico, la corrupción administrativa, el tráfico de armas o la trata de personas, son los más recurrentes. Detrás de esta cultura mafiosa, hay todo un «imaginario» en telenovelas y canciones populares que ensalzan al bandido, rodeado de lujos y placeres. Hay que volver a recuperar valores como la honradez, el trabajo honesto y el dinero bien habido.

2) La tentación de querer solucionar los problemas a través de la violencia y no del diálogo. No sabemos por cuáles motivos (genéticos, culturales…), pero somos un país violento. No solo hemos vivido en guerra más de medio siglo, sino que queremos resolver nuestros problemas o nuestras diferencias «a las malas», es decir, través de insultos, de golpes, de puñaladas, de tiros. Nos ufanamos de pertenecer a una civilización supuestamente «racional», pero nos comportamos como si viviéramos todavía en la «jungla», donde imperaba «la ley del más fuerte». Cómo nos cuesta acudir al diálogo, a la concertación, a la conciliación, para solucionar nuestros problemas o diferencias.

Antes de terminar, digamos lo siguiente: no es suficiente con pedirle a Dios que «no nos deje caer en tentación»; es muy importante que «no nos expongamos a la tentación». El temerario siempre perecerá en el peligro. Si tenemos «rabo de paja», no nos acerquemos al «fuego» porque nos podemos quemar. Más bien, construyamos a nuestro alrededor una especie de «cerco protector» que nos libre de todo mal y peligro.

Finalmente, añadamos esto: La tentación tiene un «lado positivo»: nos ayuda a conocernos, a saber quiénes somos realmente. Un esposo no sabrá qué tan fiel es, hasta que una mujer más joven, más bonita o más interesante que su esposa, se le insinúe; un trabajador público no sabrá qué tan honrado es, hasta que lo intenten sobornar…