SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

1 de marzo de 2020

Ciclo. A

 Pbro. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

 

La semana pasada, el primer domingo de Cuaresma o de las “tentaciones”, la lectura del evangelio nos introdujo en la “experiencia en el desierto”, en el discernimiento espiritual por medio de la oración, el ayuno y las obras de piedad la humanidad de Cristo. Hoy San Mateo, nos transporta a la “cima de una montaña”, interpretada por muchas culturas y religiones del mundo como un lugar de encuentro con la divinidad.

Además, las lecturas del evangelio de los dos primeros domingos de Cuaresma siguen un patrón común en todos los ciclos litúrgicos. El primer domingo reflexiona sobre las tentaciones de Jesús, y el segundo domingo, como hoy, sobre la transfiguración del Señor. El punto central de este último evento es una montaña. En consecuencia, la Transfiguración según San Mateo tiene tres acciones: subir, contemplar y bajar. Reflexionemos sobre el mensaje actual de estos tres verbos en nuestra preparación de la Pascua.

  1. Subir la montaña: La preparación

La lectura del evangelio del Miércoles de Ceniza, señaló un programa para el camino cuaresmal: ayuno, oración y limosna. Estas tres prácticas son relevantes no solo para este tiempo litúrgico, sino a lo largo de nuestra vida cristiana. La Cuaresma no es más que una expresión intensa de vivir nuestra vida cristiana. Por lo tanto, el ayuno, la oración y la limosna implican salir de sí mismos y dirigir nuestros corazones a Dios (dimensión vertical – en oración) y extender nuestras manos a nuestros hermanos (dimensión horizontal – en caridad). Estas dos extensiones de nuestra vida cristiana son como subir la montaña y bajarla.

¿Qué nos dice el texto del evangelio de hoy acerca de ascender la montaña y su relación con la oración cristiana? Al menos tres escenas son evidentes: en primer lugar, es Jesús quien “tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta”. Es Dios mismo quien nos permite orar. Así como fue el Señor quien llamó a Abram a entrar en un pacto con Él, como escuchamos en la primera lectura de hoy (Génesis 12, 1-4), asimismo invitó a Moisés al monte (Ex 24, 12-18; 34, 2) y a Elías a la montaña (1 Reyes 19, 11-13), es Dios quien nos invita a entablar una relación con Él en la oración. En segundo lugar, en contraste con los relatos del Antiguo Testamento del encuentro de Dios con personajes como Abram, Moisés y Elías, en el Nuevo Testamento, Jesús lleva a tres de sus apóstoles con Él, o sea que hay una comunidad en la cima de la montaña. Incluso si Dios nos invita personalmente a encontrarnos con El, se desarrolla en el contexto de la comunidad. Y en tercer lugar, depende de nosotros responder a la invitación de Dios, como Pedro, Juan y Santiago que aceptan la propuesta de Jesús de subir la montaña.

  1. Contemplar en la montaña: una experiencia de la singularidad de Jesús

En la cima de la montaña, los tres discípulos tienen el privilegio de presenciar una teofanía o manifestación de Dios a pesar de su propia incapacidad para estar presentes ante el Señor. Otros evangelios nos dicen: “Pedro y sus compañeros estaban dormidos…” (Lucas 9,32). Ven a Jesús en compañía de dos personajes importantes en la historia de Israel: Moisés y Elías. Moisés representa la Ley y Elías a los Profetas, lo que demuestra que Jesús es el cumplimiento del Antiguo Testamento. Mateo nos dice que “estaban hablando con él” (Mt 17, 3), no dice nada sobre el tema de su conversación. Mientras que Lucas afirma que estaban dialogando sobre “su muerte, que iba a consumar en Jerusalén” (Lc 19, 31).

Inicialmente, Pedro queda sorprendido, “Señor”, dijo, “¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mt 17, 4). Él compara a Jesús con Moisés y Elías. Lo que sigue es una demostración más clara de quién es realmente Jesús: “vino una nube brillante y los cubrió de sombra” (v. 5); Según la tradición del libro de Éxodo, la ‘nube’ es un símbolo de la presencia de Dios (Ex 13, 21-22). Como si esto no fuera suficiente, “de repente, de la nube llegó una voz que dijo: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo’” (v. 5). Lo anterior fue para los discípulos una experiencia de Dios en la persona de Jesús. Además, la reacción de estos a esta teofanía es de “miedo” (asombro) y acogida: “Los discípulos se postraron” (Mt 17, 6). Esta reacción es similar a la reacción de los sabios de oriente al ver al Niño Jesús: “vieron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2,11).

Subir la montaña es una elección libre y voluntaria. Pero lo que realmente sucede en la cima es la gracia de Dios. No depende de nosotros controlarlo. No podemos lanzar nuestras carpas en la cumbre del monte, la vida continúa. Su efecto posterior es lo que vivimos en nuestros encuentros diarios.

  1. Bajar la montaña: Compromiso

 ¿Cómo sucedió esto? A través del silencio y la contemplación. Los evangelios nos dicen: “No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos’” (Mt 17, 9). La experiencia de Dios nos invita al silencio y a la contemplación, para que los efectos de la experiencia puedan profundizarse, al menos hasta el momento adecuado.

Igualmente, el silencio y la contemplación no implican un aislamiento permanente del mundo. Son algo que se lleva a nuestra vida diaria, a nuestros hogares, al lugar del trabajo y del estudio. Con seguridad Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas como las que se describen aquí, simbólicamente, pero siempre muy cercanas de las realidades cotidianas. Por último, el tiempo litúrgico de la Cuaresma nos brinda la posibilidad de experimentar a Dios más profundamente y llevar esa experiencia a nuestro encuentro con las personas. Oremos para que podamos estar disponibles a esta posibilidad en los próximos días.