XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Pbro. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R.

Ciclo A.

4 OCTUBRE DE 2020

 Mt 21, 21, 33-43

La figura de la “viña” fue muy apreciada y empleada en la historia de Israel. Para los pueblos, el israelita entre ellos, junto al mar Mediterráneo los viñedos y los vinos eran, y aún ahora son, su riqueza y su placer. De ahí que, en la Biblia, aparezca la “viña” como representación y denominación de Israel, el pueblo supuestamente escogido por Dios. También en el Nuevo Testamento, en la predicación de Jesucristo la viña aparece con frecuencia.

En este domingo, Jesús presenta a su Padre Dios como un propietario que establece una viña, la dispone con mucho amor e inteligencia para que sea fuente de trabajo para quienes estén al frente de ella y para que dé frutos a su dueño y a los suyos. Esa viña representa a su pueblo.  Y la encomienda a unos arrendatarios para que la administren. Y se va de viaje. Confía en ellos.

Pero los dirigentes, a los que Dios había confiado su viña, no responden con honradez. Se aprovechan de ella para sus intereses de riqueza y poder. Les envía profetas, hombres santos que les recuerdan sus deberes. Pero en vano pues no les hacen caso y los eliminan. Finalmente les envía a su Hijo, el mismo Jesucristo. Pero ellos, traman su muerte para hacerse dueños de la viña.

Los mismos dirigentes a quienes Jesús cuenta la parábola de la viña están de acuerdo en que esos contratistas merecen que el dueño les quite la administración y la dé a otros que sí le darán los frutos a que tiene derecho.

En la destrucción de Jerusalén, en el año 70, por las tropas de Roma, muchos creen ver allí que Dios quitaba la administración de su viña a las actuales dirigentes y la confiaba a otros arrendatarios más fieles.

Con el Concilio Vaticano II decimos que Dios encomendó su nuevo pueblo, la Iglesia, a los Apóstoles y a sus sucesores. Dentro de la figura de la viña, aplicada a la Iglesia, el rebaño de Cristo, el Papa Benedicto XVI, ahora emérito, se auto – presentó el día de su ascensión al pontificado como “humilde trabajador de la viña del Señor”. Ojalá los cristianos, presbíteros y fieles, nos consideráramos así “modestos trabajadores de la viña del Señor” y obráramos siempre así.

San Pedro, el apóstol, consciente de su responsabilidad, dice: “Quiero recomendar a los ancianos, yo, anciano como ellos… Cuiden de las ovejas de Dios que han sido puestas a su cargo; háganlo de buena voluntad, como Dios quiere, no forzadamente ni por ambición de dinero, sino de buena gana. Compórtense no como si ustedes fueran los dueños de los que están a su cuidado, sino procurando ser un ejemplo para ellos” (1 P 5, 1-3)

El Papa, los Obispos y presbíteros, los catequistas y demás servidores de la comunidad cristiana, lo mismo que los padres, los profesores, las autoridades civiles no son dueños de las personas que se les han confiado. Ni dueños de la Iglesia, de la familia, ni de los alumnos. La expresión citada del Papa Emérito “Soy un humilde trabajador de la viña del Señor” puede ser un bello y útil referente para todos los que hemos recibido una encomienda de cuidar a unas personas sea por parte de la Iglesia o de cualquier otra institución. No somos dueños de ellos sino servidores en su camino humano y cristiano. El dueño no da cuenta más que a sí mismo. Pero aquel a quien se ha encomendado un grupo de personas ha de rendir cuenta a quien le ha dado esa encomienda: Dios, la Iglesia, la comunidad… y las mismas personas encomendadas.

Termina Jesús el encuentro con los dirigentes no fieles de Israel recomendándoles tener en cuenta aquella Escritura: “La piedra que rechazaron los que edificaban vino a ser la principal piedra angular; el Señor es quien hizo esto y es maravilla a nuestros ojos” (Salmo 118, 22-23).

Para nosotros, los cristianos, Jesucristo es aquel que nos ha enviado el Padre para enseñarnos a cuidar su viña, la Iglesia, la comunidad cristiana para que ésta dé fruto de una humanidad más de acuerdo al querer de Dios. Esto nos urge de modo especial cuando la pandemia ha dejado en su camino tanta gente desempleada y sin recursos en el mundo y en nuestro país. Ante esta situación que nos pide nuestro compromiso hemos de recordar el sueño de Dios, su proyecto, como nos dice el apóstol Pablo en su carta a los de Éfeso, 1,1-3, es hacernos sus hijos adoptivos en Cristo Jesús. Y que el mismo Jesús nos complementa al decirnos: “Esta es mi propuesta que ustedes se amen y ser sirvan como yo los he amado a ustedes. En esto conocerán que ustedes son mis discípulos en que se amen y se sirvan unos a otros” (Jn 13, 34-35).